¿Cómo empezar de nuevo el volver? Volver a la que un día fue tu casa. Volver a la tristeza pasada con la alegría al borde de la boca. Volver como si nada hubiera ocurrido, ni siquiera el tiempo. Volver a Él. Y a ella, esa ciudad de mis dudosos amores. Volver a ti, escritura del olvido confinada en los recovecos de mi mente. ¿Cómo?  ¿Cómo se empieza el volver?

Quizás una suave música entre Chopin y Debussy, con el peso lento de la noche y el mutismo de las paredes que no se deciden a contar lo ocurrido en estos últimos meses, aquí, justo en este cuarto estrecho donde me siento ahora a escribir desde la melancolía del recuerdo hecho cuerpo. Las luces blancas de las lámparas derrochando halos de luz sobre los cactus y mis bolígrafos de colores. El agua calma dentro del vaso para socorrerme en los momentos crudos del estancamiento, cuando las manos dejan de teclear y la masa del cerebro se calienta en exceso y se convierte en puré, una crema pastosa y molida donde todo se transforma en una única cosa. Así, entre coma y punto, tratando de volver a pesar de que ya vine.

Saludé la silla; salí a descifrar estrellas en un cielo borroso; comí el melocotón más grande de todos -amarillo-; me topé con las flores muertas del jardín y con los murciécalos más vivos y descomunales que me encontré jamás; probé el aceite con el entusiasmo de quien descubre algo nuevo; lo miré a los ojos para descifrar su verdad y la única verdad que vi fue el reflejo de los míos como entes aislados orbitando en su universo, toda yo metida adentro de su cuerpo. Esto es lo que hice, cuando llegué y desde entonces, cada noche.

Se piensa uno capaz de vivir en el recuerdo como si con ello fuera a regresar al punto de partida de donde se está volviendo y encontrar ahí un suministro de oxígeno que salve, aún sabiendo que el ahogo es falso. Pero es que se precisa. Créanme que se precisa mascarillas en el jet y salvavidas en el Titanic. Por las dudas. Por los miedos.

Una vez, siendo yo pequeña, volví con el cuerpo a Londres dejándome por detrás la leche de cabra, las sábanas estampadas de letras, los susurros cómplices de mi madre cuando me orinaba la cama, el gato Isidoro, las playas acantiladas de arena negra, el bocadillo de chorizo, las galletas rosadas. Tremenda lloradera cuando el sol se ponía tras la cortina de edificios y yo encerrada en el cariño de aquella gente extraña comiendo unas deliciosas tortitas llamadas pancakes. Tan lejos, tan niña, tan triste. ¡Por dios! Esa es y fue la insensatez de la felicidad. Como ahora, ya les dije, aplastada por las paredes blancas de este cuarto estrecho, con la cabeza olvidada en la remota isla atlántica mientras de abajo -de la cocina- suben los aromas dulces de una cena de miel.

Volver es una soberbia, quién lo diría. Un devenir de heridas que se abren y se cierran y se curan en el mar abierto de la nostalgia que un día quedó en suspenso cuando decidí emprender el vuelo para atravesar el mapa. Volver como un acto de amor a la llegada, como un desamor a la salida.

 

 

***