Antes lo contaminado era la atmósfera, los mares, el cielo de las ciudades grandes, los ríos, las aguas de algunos embalses, de algunos acuíferos, el aire y todas esas abismaladas de la naturaleza. Ahora, en medio de una pandemia, con un pie casi fuera, las cosas contaminadas son (esas y) otras, otras tantas más: una chaqueta, un kilo de cebollas, una baranda, unos zapatos, una liga del pelo, un estornudo, el volante de un coche, un libro de la biblioteca, un paquete de velas, un puñado de pensamientos, la mano del vecino que te saluda, la carta que llega al buzón, las pesadillas del sueño, el móvil, las llaves, el monedero, la tarjeta de crédito, el bolso donde se guarda el móvil, las llaves y el monedero con la tarjeta de crédito, las monedas mismas. Parece que de sopetón todo se ha convertido en objeto probable contaminado, que no se libra nada -ni nadie-, que todo nos da miedo y repelús. Que la precaución es nuestro sustantivo favorito, un aliado que nos puede salvar de la pandemia en la que otros han caído de lleno, otros, no nosotros. La pandemia que enferma a otros cuerpos, que afecta a otras familias que no son la nuestra, a los amigos de nuestros amigos, que no a nuestros amigos. 

A la normalidad no se puede volver cuando ha dejado de existir, pretender regresar a la vida de antes es un deseo de locos y un capricho de tontos. No hay nada de normal ni de lo de antes en un parque donde una madre con mascarilla en boca se afana en rociar con un chus-chús desinfectante las tiernas manos de su pequeño enmascarillado hijo. Cuándo se ha visto, ¡cuándo!, en la normalidad de la vida una moda que se practique en las mascarillas que todo ser debe llevar (im)puestas en la boca: mascarillas con motivos hawaianos, de sapitos, mascarillas cuadradas con besos estampados en color rosa, mascarillas en forma de pico de pájaro, mascarillas con cintas para atar y mascarillas con elásticos gruesos, mascarillas de hombre-de mujer-de críos. Qué normalidad puede haber en las playas divididas por líneas imaginarias donde los niños han de jugar (y de nadar y de merendar) a dos metros de distancia los unos de los otros, sin prestarse ni el cubito ni el rastrillo. Bibliotecas a punto de abrir con un protocolo de cuarentena para sus libros recién entregados. Alumnos empantallados durante horas para aprender a resolver una raíz cuadrada o a conjugar el pretérito pluscuamperfecto del verbo vivir: nosotros habíamos vivido. Habíamos vivido de un modo que ahora es imposible. Donde antes éramos libres por la calle, ahora caminamos en alerta cogidos de la mano de la desconfianza. Y, al igual que nosotros, ellos también habían vivido, pero a la inversa: ciervos, ballenas, cabras, jabalíes, zorros, pájaros, delfines y un montón de animales más viviendo en un encierro permanente causado por nuestro mal hacer, por eso ahora ellos también viven distinto, caminan más kilómetros, se atreven con las calles de los pueblos, retozan en las costas donde antes el agua era turbia y con grasa de bronceadores en la superficie. La libertad de unos al precio del encierro de otros. (¿La libertad de unos al precio del encierro de otro?)

La pregunta, entonces, es: ¿como antes o como ahora? O: ¿Normalidad de antes o nueva normalidad? Pero lo cierto es que la respuesta importa bien poco porque mientras nuestra conciencia siga estancada donde siempre estuvo, el mundo seguirá electrocutado de males. 

La pregunta, entonces, es: ¿Viviremos?, querrán saber los alumnos empantallados cuando estudien el futuro de indicativo del verbo vivir.