Tunera punki en plena era de pretéritos.

Pasan los días lentos, gemelos, pintados de lila a veces y otras veces pintados de negro. El calendario es un enorme mapa donde ella, dice, se pierde en un martes que huele a domingo, que sabe a calma, que se escucha silencioso sin motores de coches ni aviones. ¿Así de callada será la Antártica?, se pregunta mirando el mantel blanco de nubes que hay sobre su despeinada cabeza.

Desde que el encierro empezó, ella procura lo imposible a golpe de pretéritos. Es decir, se dispone a hacer magdalenas de zanahorias pero cuando se da de bruces con la receta dice: Tenía que haber comprado más huevos. Entonces tiene que cambiar de antojo y se decanta por un triste bizcochón de limón porque en la lista de ingredientes no figuran ni los huevos ni la leche, un bizcochoncito de pobres, se dice a ella misma con cierta pena hacia ella misma. Y no es que se hayan agotado ni la leche ni los huevos, qué va, todavía quedan, pero mejor dejar los ingredientes importantes para las comidas importantes: el almuerzo y la cena.

Dice que tiene el cerebro hecho al desconsuelo por no disfrutar del libro que quisiera leer ahora, en estos días precisos, que ojalá hubiera o hubiese ido aquel día que tenía previsto a la biblioteca a coger Madame Bovary de Gustave Flaubert. Aunque suerte que por lo menos agarró, avispada como ella es, Del color de la leche de Nell Leyshon, pero que ni para bocado. Y lástima que no hubiera o se hubiese comprado en la librería el cómic sobre la vida de García Márquez. Aunque suerte que se compró Cometierra de Dolores Reyes y Génie la loca de Inés Cagnati, ¡suerte bendita! Dice que tenía que haber hecho ya el pedido de la obra completa de Felix Francisco Casanova, pero que más hoy más mañana, llegó el confinamiento y el pedido sin hacer.

Y esa carta de cuatro folios que sigue en la guantera del coche, tan lista que estaba con sus sellos para ser arrojada al mágico buzón de correos que la haría aparecer al otro lado del mundo en una calle frente al mar -a modo de muy sorpresa- en el buzón de un viejo profesor de filosofía. Si hubiera llegado a tiempo y la hubiese puesto…

Están todas esas cosas que ella, dice, hubiera hecho si llega a ser bruja y adivinar el futuro encierro que la esperaba:

– Hubiera respirado más playa, más mar.

– Hubiera comprado cuatro en vez de dos panes de masa madre, esos que inundan la cocina con aromas antaño cada vez que se tuesta en la tostadora.

– Hubiese hablado el doble con fulana o con mengano, o con la señora de la pescadería o con el frutero del mercado, lo mismo da.

– Hubiera ido a comprar jabón artesanal de tomillo, de lavanda, de romero y de algas.

– Hubiera invitado a comer a los amigos de Collera que ya no se sabe el tiempo que hace que no los ve, ¡cómo demonios corre la vida tan rápido!

– Hubiese ido a ver a la madre y al padre.

– Hubiese también a los suegros, claro.

– Hubiese al hermano, a las sobrinas, a la abuela, a los primos, a las tías y a los tíos.

– Hubiera arreglado el dichoso jaleo del banco que tanta majadería le lleva dando desde hace meses.

– Hubiera comprado los primeros planteles de primavera.

– Hubiera o hubiese pedido la ansiada máquina de coser que ya estaría aquí o, al menos, unos ovillos de lana para empezar a tejer calcetines y calentadores para el invierno.

– Hubiera paseado más.

– No hubiera comprado un vuelo para semana santa.

– Hubiese volado antes.

– No hubiera reído tanto para tener más risas que reír ahora.

– Hubiera abrazado con una intensidad distinta, con intensidad de aeropuerto, por ejemplo.

Es el nacimiento de una nueva era: la de los pretéritos. Pretérito por aquello, pretérito por lo otro, pretérito va, pretérito viene, el pretérito que sube, el pretérito que baja. Que si pretérito amor, que si pretérito miedo, que si pretérito esperanza, que si pretérito tristeza, que si sexo pretérito.

Ella dice que ya no le quedan suspiros, que los malgastó a principios del confinamiento, pero antes de decir lo que va a decir, suspira y después dice:

Había una vez la vida donde yo hubiera o hubiese.

***

Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.