Este presente que una vez fue futuro, se va creando con pequeñas porciones de pasado, ya se sabe. La máquina del tiempo va trabajando a jornadas completas traquinando de aquí para allá las formas anticipadas de un futuro que conoce -al contrario que nosotros, los humanos- de antemano. Así, todo lo que acontece hoy no es una sorpresa para El Tiempo, que el muy genio ya lo sabía años atrás.

Mucho después de que el mundo naciera, siendo ya un planeta maduro y habitado en medio del Universo, llegó a nuestras bocas el prefijo tele- que significa “a distancia”. Llegó por pura necesidad, por poder nombrar ciertos objetos o acciones que hasta entonces no existían y, al crearlos, pedían a gritos un nombre propio que los identificara como únicos e irrepetibles. Pasó con el telégrafo y el telegrama. Pasó con el teléfono y el telefonista. Pasó con la televisión. Pasó con la telenovela Cristal, Agujetas de color de rosa o Pasión de gavilanes, es decir, pasó con los relatos novelados que se filmaban y se televisaban por capítulos. Pasó, también, con la telepatía, esa ciencia atrevida compuesta por tele- (lejos) y -patía (sentimiento). Porque así como la vida avanza, avanza el lenguaje con ella.

Llegó entonces la pandemia a nuestros días y se impuso como solo los buenos reyes autoritarios saben hacerlo: con chulería. Empezó a caminar con su cara de rey por aquí y por allá, que si por supermercados de La Gomera, que si por pistas de tenis en Holanda, que si por los hospitales de Madrid y las calles de Bruselas. El Tiempo ya sabía de todo esto. Como dijimos más arriba: nunca el presente lo pilla desprevenido. Por eso se dedicó infinatemente antes de que todo esto ocurriera a rellenar el diccionario con palabras que por aquella época A.C. (Antes del Coronavirus) uno no sabía ni que existían pero que, hoy, suenan de boca en boca con el ímpetu de las canciones de moda de cada verano (búscate una chica una chica yeyé, que tenga mucho ritmo y que hable en inglés…). Otra cosa es la premonición de ciertos humanos en predecir lo impredecible como le ocurrió a Skape con su tema Pandemia SL, allá por el dos mil trece, pero insisto, eso es otro asunto.

El Tiempo, como ente responsable y sabio que es, nos dejó un listado de palabritas, todas ellas con el prefijo tele-, con el significado “a distancia”, listas y preparadas para pronunciar en estos días más que en el cualquier otro momento de La Historia:

– Teleadicto (que es muy aficionado a ver la tele).

– Telebasura (conjunto de programas de televisión de baja calidad).

– Telecompra (compra que se realiza sin que sea necesaria la presencia física del comprador en el establecimiento –añado: y que te la llevan a la puerta de tu casa en una furgoneta decorada con grandes rótulos–).

– Telecontrol (control a distancia de un aparato o de una máquina –añado: o de un humano, o de una sociedad entera–).

– Teleeducación: (enseñanza que se realiza a través de internet).

– Telegenia (condición para salir favorecido en la televisión).

– Telegénico o telegénica (que tiene buenas condiciones para aparecer en la televisión o para salir favorecido en las imágenes televisivas). ¡Qué telegénica que es esa muchacha a la que le han preguntado qué opina de todo esto! ¡Uy, ése es de un telegénico tremendo!, le dice una abuela a otra señalando con la barbilla al nuevo presentador del telediario.

– Telepedido (pedido o encargo de un producto a través de un sistema de comunicación a distancia, especialmente por medio de una red informática –añado: y el cual hay que pagar vía tarjeta de crédito–).

La era de las distancias. A modo de nueva realidad la pandemia nos ha tirado (como se tira la basura al contenedor) sobre las redes de las distancias. Una especie de circo plagado de acróbatas inexpertos sentados frente a una pantalla tratando de poner vida y alma a lo que no es más que un aparato telemático que conecta a un acróbata médico pixelado con otro acróbata paciente igual de pixelado.

Teletrabajamos en pijama con la mesa llena de tazas de café o té bueno (no esas aguachentadas que sirven por ahí), con la despensa a un golpe de mano, con el baño privado pegado a la pared de la nueva oficina, con la alegría (o no) de los niños correteando por los pasillos, sin tener la obligación de usar el coche o coger el metro, todo tan fácil y sin salir de casa: pero solos. En esta nueva realidad con las oficinas cerradas tenemos que teletrabajar alejados del mundo físico, de los olores del trayecto hasta llegar al trabajo, del saludo del vecino con el que coincides a las siete y media saliendo de casa, sin aquella hora del desayuno donde aprovechabas para enseñar al resto del equipo las fotos de la caminata del fin de semana o aquellos ratos fugaces del café donde te quejabas con el otro sobre de lo hartita que te tiene el dichoso coche que no para de pedir mecánico.

Trabajamos ajenos a cómo está hoy el compañero o la compañera y, peor aún, ajenos a interesarnos por cómo está el compañero o la compañera hoy, porque qué más da, si no lo tengo a mi lado y él o ella estará haciendo lo que tenga que hacer allá en su casa. Una separación violenta y cruda. Aislados en nuestras casas y bien acolchaditos en la comodidad, descubriendo, eso sí, nuevas plataformas que nos permitan vernos las caras en las reuniones sin la temida congelación de la imagen o las típicas interferencias que convierten el habla en una especie de idioma robótico donde solo resuenan las últimas sílabas, las últimas palabras de la frase.

Es posible, solo El Tiempo lo sabe, que de aquí a poco abramos el diccionario de la lengua y nos encontremos de sopetón con el navajazo en los ojos de una televida (vida vivida desde la distancia) o un teleamor (forma de amar en la distancia sin necesidad de la presencia física de las partes implicadas). Quizás. Quién lo sabe.

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Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.