– ¿Te vas? –pregunta él.

– ¿Por qué? –responde ella untándose las pestañas con un viejo rímel lleno de grumos.

– Por la evidencia –dice él.

– Entonces, ¿pa qué preguntas? –dice ella.

Él se queda en silencio y ella se pasa a la fila de pestañas del otro ojo.

– Dí –insiste él.

– Sí, me voy –responde ella.

– ¿A dónde? –pregunta él.

– A esperar –dice ella mientras sale del baño y baja las escaleras, dejándolo plantado como a una farola frente al espejo.

Se ha sacado de encima los trapos viejos y se ha puesto ropa de calle, la ropa de salir, la bonita que dice ella, la que nunca se pone para estar en casa. Unos vaqueros apretados con forma de embudo; una camiseta blanca sencilla para abrigarse bien el pecho que no está la cosa como para caer enferma; un suéter beis con flecos hawaianos y un pañuelo de rayas rosadas y blancas alrededor del cuello. Dudó si recogerse o no el pelo, al final optó por la trenza a un lado. Bajó las escaleras, pasó un trapo a la mesita del salón, prendió las dos velas del candelabro, le dio un poco de llama al palo santo y encendió (aunque todavía quedaba un hilo de claridad fuera) una lámpara de luz tenue. Accionó el tocadiscos y la sala se inundó de clásicos Debussy. Se sentó en el sofá. En ese momento, cruzando una pierna sobre la otra, le hubiera gustado encenderse un cigarrillo y disfrutar del ritual, pero es que ella no fuma, así que se limitó a mirar por los ventanales mientras durara la espera.

– Así es como se recibe a las grandes visitas –se dijo después de suspirar.

– ¿Qué? –preguntó él bajando las escaleras.

– Que así es como espero yo al futuro. Porque sé que está ahí, hace unos días lo noté, me rozó. También lo nombraron por la radio, no te creas que soy la única loca que lo ha sentido.

– Ah. Está bien.

Lo dijo serio, él, en un esfuerzo por parecer normal, pero tanto uno como la otra sabían de la burla que contenía.

–¿Acaso la vida no está hecha de metáforas? –responde ella preguntando–. ¿Acaso el capitán de la calle de Sabina no esperaba a la muerte con el beso listo en la boca para ver qué tal besaba? Pues así, a la espera del futuro.

Pero él ya se había ido cuando ella iba por la segunda frase. Y no le importó, no lo necesitaba en absoluto. Se mojó con saliva la yema del dedo índice y cazó sobre la mesa una pelusa negra que parecía de calcetín. La tiró al suelo. Entonces, mientras esperaba la llegada del invitado, comenzó a pensar lo que le diría:

“Cuando te tenga delante, prometo caminar por el mundo sonriendo, agradecida de haber salido de esta casa sin pisar un hospital y sin comprar en amazon. Otra cosa que haré, si no la primera la segunda, es ir a verlos, abrazarlos con medida para que no se me asusten, pero abrazarlos a lo grande, pegando pecho con pecho y barriga con barriga, apoyando la barbilla en sus hombros mientras les respiro el olor a champú perfumado que desprenden sus cabezas. Oh, sí, cuerpos distintos, distintos aromas, diferentes texturas y colores en la ropa, conversaciones en las que pronunciaré otros nombres: Isabel, Mariana, Lourdes, Chicho, Jorge, Andrea, Diego, Carles, Mercè, Sofia, Eva, Josep, Mari, Carmen. Conversaciones en las que pronunciaré: ¡Hasta luego! o,  Hasta mañana o, Nos vemos a las ocho en tu casa, yo llevo la ensalada y el vino o, Mejor me recoges a las y media que yo salgo de trabajar a las y cuarto y así tengo tiempo de cambiarme. Cuando te tenga delante también iré a la librería –¿ya sin mascarilla?– a comprar los tres primeros títulos de mi lista. Iré al vivero a por batatas o una buganvilla fucsia para sembrar en el porche. También a correos, a por sellos y a por un buzón donde meter todo este manojo de cartas acumuladas. Una noche cualquiera compraré dos entradas de cine y lo invitaré a ver una peli con cotufas incluidas. Para el primer sábado propongo un asadero, ya tengo la leña amontonada con las piñas y las ramas pequeñas para encender el fuego. Para el domingo que le sigue regreso al formato pareja, al formato novela, al formato guitarra, al formato bocadillos, al formato fruta y nos iremos a la playa, todo el día, desde la mañana hasta que el sol deje de calentar para zambullir esta cabeza confinada en la libertad azul y fresca del agua de mar. Y a la vuelta, con las primeras luces de la noche, pararemos en una avenida de esas que están llenas de heladerías y tiendas para turistas y nos cogeremos de la mano y pasearemos sin prisas como los enamorados que fuimos antes de este encierro.”

Los pensamientos, dice, eran inacabables, como chorros de agua en una cascada. Pensaba uno y sin terminarlo ya tenía el siguiente de la cola entrándole en la cabeza. Así todo el tiempo, sin descanso. Hasta que se le fueron cerrando los párpados muy en contra de su voluntad y de su esfuerzo consciente por mantenerlos enrollados en lo más alto del ojo. Pero sucumbió, la distancia entre la vida y el sueño, dice, se le hizo cada vez más corta, que fue arrastrada por una fuerza mayor donde todo le era confuso: no había rastro del futuro, ni de su metáfora de espera, ni de su cuerpo vestido con ropa bonita. Sucumbió, dice, una vez más, un día más, al letargo extraño de su realidad presente.

***

Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.