La saturación de tanto estímulo puede dejar a uno -y lo deja- en un estado mental pálido, lleno de histeria por la indefensión que se siente al verse minúsculo e insignificante ante el resto de la humanidad, frente a esa grandeza de los talentosos que han logrado triunfar haciendo esto o aquello. El cerebro pierde los reflejos y se queda rígido como el cuerpo de una farola. Es una especie de veneno que se apodera de nuestra voluntad y nos deja atormentados durante largo rato -horas, días, meses, años y hasta una vida entera si me apuras- frente al papel en blanco. Comienza una carrera a contra reloj hacia la desconfianza en uno mismo porque la identidad se ha descompuesto y ahora quién sabe qué somos, qué demonios pretendemos, a dónde queremos llegar y por qué.

La competencia. La comparación. El éxito social.

Tratamos de encontrar nuestra propia fórmula y nos esforzamos terrible por ser creativos y tener nuestro sello. Aunque solo sea para lucir fachada, pero que quede claro mi nombre, que se grave en la memoria de cuantos más mejor. Llegar a la masa por mérito propio cueste lo que cueste porque para eso siempre hay una reserva de pago en efectivo, en emocional o en carnes si es preciso. Todo vale. Personas que antes eran seres semejantes pero que ahora ya han superado el plano de la normalidad y se han convertido en otra cosa distinta, distante a ti. Aunque en el fondo y no tan fondo tú sabes que no, no necesitas convencerte de que ya solo quedan máscaras en los escaparates, que de la belleza humilde del talento apenas se ve vestido a nadie. Lo sabes y eso te alivia la frustración. Desaparece durante un momento la vergüenza de tus limitaciones y respiras aliviado. Eres feliz siendo uno más del montón, con una vida del montón, haciendo cosas típicas del montón.

El anonimato. La simplicidad. El éxito vital.

Se te ocurre por un momento -y por otros muchos momentos que se suman entre sí- la vulgar idea de sentirte vacío de talento, cómodo en tu libertad de hacer lo que haces tal y como puedes hacerlo sin esperar la aprobación ni el rechazo de ninguno. Producir para ti, por el puro placer de experimentar la vida y descubrirte como un monigote animado viviendo en distintos escenarios, pudiendo alejarte incluso de tus propias ideas, de los prejuicios que has aprendido, de la angustia, del orden y del caos. No has de perseguir nada para demostrar nada porque de la nada partes y a la nada puedes volver siempre que quieras, sin que se resquebraje nada de ti: es la vuelta al territorio perdido de la valentía.

 

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