El día de los libros llegó con el mismo vestido de confinamiento que el resto de los días del calendario, salvo por las rosas rojas.

El 23 de abril es oficialmente un día dedicado al libro, a todos los libros del mundo, sean estos buenos o comerciales. Hay calendarios que marcan este día del mes con el rojo de los días festivos o con el rojo de las rosas y la sangre. Eso dice la leyenda, que allá en Capadocia -un lugar remoto de Turquía- había un dragón con las tripas vacías que hacía temblar a los humanos del reino. Y para evitar que se los zampara uno por uno, los habitantes decidieron regalarle dos corderos cada día para que el bicho saciara el hambre. Pero claro, los corderos empezaron a escasear porque los días pasaban uno detrás de otro con la desesperación del dragón por llenar su estómago. Así que la única idea que se les ocurrió a los capadocianos fue regalar uno en vez de dos corderos. Y para que el dragón no notara la escasez, añadieron un humano a su menú. Este humano se sorteaba entre todos los humanos del lugar, de modo que cada día una familia perdía uno de sus miembros y, para compensar la pérdida, el resto de habitantes los colmaban de regalos y riquezas para hacerles más llevadero el duelo. Dice esta misma leyenda que un día le tocó a la princesa de la realeza (no queda claro si por sorteo o por imposición del pueblo cansado ya de que la casa real se salvara siempre), pero resulta que antes de que el dragón se zampara a la señorita, el caballero Jorge apareció y le clavó una espada al bicho que lo dejó muertísimo, derramando chorros y chorros de sangre de dragón. Una sangre exquisita, se ve, pues de ahí brotó un rosal de donde el caballero Jorge agarró una rosa roja para la princesa. Esto cuenta la leyenda, pero quien propuso el intercambio de rosas y libros entre parejas y seres queridos en ciertas comunidades, fue el escritor valenciano Vicent Clavel Andrés.

La cuestión es que ella o él o un señor jubilado, alto, vestido con ropa gris de huertas, fue a comprar víveres el miércoles veintidós, el día antes de Sant Jordi. Estaba la estancia llena de cubos con rosas rojas que nadie compraba, ¡daban una pena tremenda! Eran rosas tristes, apenadas, cabizbajas, se les notaba al vuelo. Rosas rojas de confinamiento, al fin y al cabo. Porque el encierro sigue ahí, casi casi intacto. Continúan las consecuencias de la pandemia tantos días y semanas después. Y por eso ella anda desanimada, con las ganas escondidas en algún lugar secreto de su cuerpo sin acceso conocido. Que ni ganas de llorar dice que tiene, que el amor lo cura todo, que eso le han dicho siempre, pero que la medicina ahora es otra que, dice, no se guarda en cápsulas ni en gotas ni en tabletas de pastillas de cada doce horas tómese una. Dice que la medicina que busca no la ofrece la ciencia, porque de matemáticas ellos sí saben pero desconocen la física blanda de las almas.

Tiene el rostro entristecido, las pestañas despeinadas y la boca bien cerrada. Se ve que piensa demasiado pero que no lo evita, podría no pensar tanto pero es que ni quiere ni puede evitarlo. Dice que se evade de su propio cuerpo para introducirse en los cuerpos moribundos, tan solitarios ellos, que reposan resignados sobre las sábanas blancas de los fríos hospitales. ¡Ay qué desgracia tan grande! Abuelos que sobrevivieron a una guerra, a la hambruna de una posguerra. Esas abuelas armadas de respeto, fatigando las calamidades de un época, llorando para sí/sonriendo para el mundo. Esas abuelas dulces, previsoras y audaces, tan llenas de recetas, de mesas interminables en el salón sencillo de sus casas viejas y geranios adornándoles el patio. Tanta vida sorteada con el esmero y la fuerza de los valientes para ahora acabar de este modo, encerrados con su propia muerte, solos. La muerte y ellos conviviendo en la blancura de un hospital. Dice que no puede, que pensarse en esa realidad es insoportable, que le crea una herida profunda de la que ojalá algún día se cure. El dolor más grande de una vida puede ser la soledad de una muerte lenta y previsible.

El señor alto y jubilado vestido con ropa gris de huertas se acerca al mostrador a pagar sus tres kilos de millo para las gallinas. Allí, al otro lado de la barra, junto a la máquina registradora, una mujer de familia, dicharachera y enérgica, con cuarenta y pocos años vividos. Una vendedora de quien sus jefes (porque las jefas en ese negocio no existen) estarían severamente orgullosos.

– ¿Algo más? –pregunta ella, animada, dispuesta a ejercer su oficio con vehemencia.

El hombre responde con una negación de cabeza y un bajito y seco no. Anda con su cabeza como si fuera un péndulo que le colgara del cogote. Mientras la dependienta le pesa el grano, él se saca del bolsillo del pantalón gris una diminuta cartera negra de cremallera, muy desgastada de color y textura. La abre y comienza a sacar monedas de uno y dos euros que va colocando con desgana sobre el mostrador. La mujer le insiste mientras anuda la bolsa:

– Compre una rosita, hombre, que estamos en Sant Jordi.

Él repite el gesto y niega con la cabeza. La dependienta vuelve a insistir, como si quisiera lograr levantar el péndulo del señor, conseguir que deje de mirar al suelo y que levante sus ojos al mundo por un rato.

– Venga, llévele un rosa roja a su mujer, que le hará ilusión.

Y como si el hechizo de la dependienta hubiera surtido su efecto, el hombre levanta la cabeza con la barba de seis días pegada a la piel y le contesta mirándola directa a los ojos:

– Mi señora acaba de morir.

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Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.