Hace un viento de domingo: frío, salvaje, intenso. Un viento que dan ganas de bailar con los ojos cerrados el Be-Bop-a-Lula de Gene Vicent o un viento que dan ganasde revolcarse en la cama hasta el orgasmo más crudo que se pueda tener. Viento para encender el incienso, la vela, el palo santo. Viento para fumar los que fuman y para beber los que beben. Viento para no salir, ni siquiera a tender la ropa, mucho menos regar las plantas que poco importan cuando las ves moverse con ese desmerecido olvido con el que el viento las empuja en contra de su verde voluntad. ¡Qué horror tan grande! Pobres mías, tan frágiles en sus tallos. Suerte de los cactus que con esa firmeza elegante que llevan encima le dan al jardín estabilidad, un aire de chulería que ni la tramontana más vengativa puede con ellos. Son chulos, los cactos, desde luego que son unos chulísimos con sus espinas amenazantes, firmes, inamovibles y tercos como las malas ideas. Ahí plantados, creciendo despacio, inadvertidos pero amenazantes siempre.

Decía, viento para espiar el mundo detrás de una gran ventana con el café humeante entre las manos y la bufanda al borde de la boca, sinuosa. Viento de los que pasean las hojas secas de principios de otoño de aquí para allá, remolineándolas en las esquinas, entre las patas de las papeleras de los parques vacíos y en los bordillos de las carreteras.

Da gusto ver cómo el viento se maneja solo, como un joven rebelde manifestándose contra algo que no le gusta. Es dominante, el viento. Puede con casi todo. Tengo un amigo, Julio, que dice abrir la ventana -una rendija- las noches de peor viento para escuchar el silbido agudo que se cuela de fuera hacia dentro: «Me relaja, me hace dormir profundo». Yo le digo que está loco, que estos vientos dictadores no pueden calmar ningún alma. Dónde se habrá visto eso, que los vientos apacigüen el espíritu. Nada. Ni caso.

Viento para imaginar si uno pudiera volar. O el típico viento para dar un aviso de melancolía sin llegar a la melancolía misma. Solo como un aviso: «¡Alerta, peligro de melancolía por viento!». Entonces uno se vuelve atento a las señales del cuerpo, por puro miedo a caer en ese estado mientras el viento sopla y sopla ahí fuera y uno se va encogiendo en la soledad sórdida de la casa mientras empieza a echar de menos los chistes de aquel, el bizcochón del otro, los abrazos infantiles de la sobrina, el vaso de vino tinto y las castañas en la bodega de fulano, la guitarra de mengano, las puestas de sol desde el malecón, la partida de cartas, el parchís… Esos peligros, mundanos todos, pero con un riesgo fatal.

Por suerte, hoy, ni es domingo ni hay viento.

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