Me acuesto y me levanto llena de palabras. Están suspendidas en la superficie oscura de mi mente, como si todo adentro de mi cabeza fuera una reproducción casi exacta del Universo, pero que en lugar de estrellas hay palabras.

Cojo una de ellas: DESIDIA. La abro y me asomo a ver cómo es por dentro. Parece que no tiene huesos, es toda ella una masa gelatinosa que, si la agito un poco, se mueve temblorosa entre mis manos. Por esta apariencia interna que ven mis ojos ahora mismo, diría que es una palabra llena de cobardía, que se mueve silenciosa sin llamar mucho la atención, tímida, ridícula, pequeña; como un caracol triste arrastrando su cuerpo. «¿Hola?», digo con mi cabeza introducida en su cuerpo. Lo pregunto con los ojos bien abiertos, pero es inútil porque dentro de este cuerpo solo hay oscuridad. La negrura es húmeda y huele a cobertizo cerrado, como si nadie la hubiera habitado en años. No hay eco, mi voz se ha perdido en una especie de profundidad de pozo vacío. Intuyo que hay más cuerpo del que se ve, pero he de apartarme, una sensación de ahogo comienza a inundarme el pecho, el corazón se me acelera y, con un movimiento de supervivencia corto y rápido, saco la cabeza del estómago de la Desidia.

¡Uf, por qué poco!

Me he salvado, al menos hoy, me he salvado.

 

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