Dice que soñó algo normal en el mundo del sueño, un mundo que se parecía al nuestro pero que no lo era. Estaba en el suelo sentada como se sientan los budas, vestida con la ropa de estar en casa aunque aquella no era la casa suya. Al principio, recuerda, no tenía idea de qué rayos estaba pronunciando, simplemente se veía allí en el suelo con los ojos cerrados, moviendo los labios. Sin embargo, a medida que el sueño avanzaba su voz crecía y se hacía más alta y nítida. Entonces se dio cuenta de que decía su nombre, una y otra vez, con apenas una respiración entre medio. Se llamaba a sí misma pronunciando la última sílaba en un tono alargado y lento; podía invertir varios segundos en pronunciar la parte final de su nombre. Dice que aquello era un bucle terrible, que de tanto escucharse cómo se llamaba a ella misma tuvo la necesidad de contestarse. Y allí llegó la confusión y la suerte de un ladrido que la despertó, porque el asunto empezaba a coger una forma maquiavélica donde ella ya no era ella pero a la vez era ella desdoblada en dos cuerpos y, en fin, que se despertó y era jueves.

Bajó las escaleras y no pasó nada. Llegó a la cocina y tampoco pasó nada. Le dio al chispón y cuando se encendió la llama azul del fuego, colocó encima el hervidor lleno de agua. Y no pasó nada. Era un día más de confinamiento, el segundo o el tercer jueves, por ahí andaba la cosa. Todo pasaba sin que pasara nada, entonces para qué preocuparse, dice ella.

Salió a la terraza y los pájaros cantaban colocados en su lugar de siempre: unos sobre el parral, otros en las copas de las encinas, los fieles a las ramas del almendro, los más valientes en la barandilla y los costumbristas en las ramas secas de los pinos de toda la vida. Todos cantando al sol de la mañana. En orden. Dio dos tragos a su té y no pasó nada. Escuchó el rugido de la motosierra del vecino de abajo, el vecino más pudiente de todos los vecino de la zona. Dice que lleva días cortando algo, el tronco más largo de la historia, debe ser. Se da media vuelta y, de espaldas a la casa del vecino pudiente, mira hacia el cielo y no pasa nada: nubes blancas sobre nubes grises. Camina por el jardín para estirar las piernas entumecidas de otra noche más de sueño. Dice que noches largas, éstas. Ve una gata negra, preñada, paseando por el muro de piedras, y no pasa nada, es la misma gata que se paseaba por el muro meses atrás sin que el encierro y el embarazo hubieran llegado. Una gata sin dueño que deambula como empujada por el viento, serena y sin grandes expectativas, parece ser. Feliz, dice ella que la ve, feliz de vida. En mitad del jardín -ella, no la gata- decide pararse junto al bambú y al esquelético saúco, dice que cierra los ojos y que inspira hasta sentir el frío del aire mañanero llegar a sus pulmones, que resiste unos segundos así, sin moverse, conteniendo el oxígeno fresco en el cuerpo. Entonces se deja desinflar muy poco a poco a modo de suspiro interminable, y no pasa nada. Se da media vuelta, camina sobre sus pasos y regresa de nuevo a la cocina. Durante ese rato fuera, dentro no ha pasado nada. El sofá del color del chocolate negro, la alfombra de lana, la palmera, el libro de Kapuściński sobre la mesita, el fregadero medio lleno medio vacío según se mire, las ventanas marcadas con las gotas de tierra de la última lluvia, los fogones de la cocinilla sin llama, la panera con la tapa cerrada, el frutero de cerámica sin frutas como elemento decorativo, el frondoso potos sobre la nevera, las cuatro sillas alrededor de la mesa con sus cojines hinchados, sin cuerpos que los aplasten, la estufa negra con restos de hollín apagada, el silencio propio de estos días desparramado, invisible, ocupando toda la sala. Todo así, sin pasar nada.

Se quita el pijama de encima y se viste con ropa de estar en casa. Y no pasa nada. Decide hacer la cama pero si no la hiciera tampoco pasaría nada. Se asoma a la ventana. Baja las escaleras. Piensa en lo que hará de comer mientras, al mismo tiempo, puede pensar -y piensa- otras cosas: alimentos que habría que comprar, caras que se le vienen como fotogramas a la cabeza, cosas que desea y no tiene, en el verano, en una frase sobre el libro que está leyendo, en el deseo y en la falta del deseo. Piensa simultáneamente y a tropezones, y no pasa nada.

Dice que ve avanzar las horas y los minutos, no los segundos porque no hay segundero. Que hace la comida y comen y que no pasa nada. Que llega la tarde con sus colores de tarde, con esa luz diáfana de cosmos perfecto entrando por la ventana y que ella se le pone delante, y que la luz la atraviesa y que no siente nada, pero que ella se la imagina como un chorro de agua cristalina y límpida recorriéndole el esqueleto, las carnes, los órganos, todo el cuerpo bañado por esa luz perfecta de cosmos y de tardes. Y que no pasa nada, todo igual. Que la noche se ve llegar, las estrellas se van encendiendo como farolas de una calle, el aire se vuelve frío, hay que cerrar las puertas, activar el fuego, pensar en la cena. Dice que ya no hay sitio para la merienda porque no da tiempo, que se cena más temprano y punto. Y ya se sabe: tampoco pasa nada.

Recoge los platos de la mesa y vuelve a no pasar nada. Ya tiene el pijama puesto. Ya la cama está lista. Dice que se acuesta, que cierra los ojos, que se duerme como siempre, y que no pasa nada. Entonces la nada pasa durante ocho horas, hasta que se despierta.

Dice que soñó algo normal en el mundo del sueño, un mundo que se parecía al nuestro pero que no lo era. Estaba sentada en el sofá como se sientan los budas, vestida con la ropa de estar en casa porque aquella sí era la casa suya. Al principio, recuerda, no tenía idea de qué rayos estaba pronunciando, simplemente se veía allí en el sofá con los ojos abiertos, moviendo los labios. Sin embargo, a medida que el sueño avanzaba se escuchó hablando con una señora desconocida que vivía en Murcia y que tenía dos hijos y la afición del ajedrez. Después se vio marcando otro número y se oyó hablando con un chico de Guadalajara de dieciocho años recién cumplidos que se quejaba porque no podía salir a ver a la novia y usted ya sabe, señora (el chico la llamaba señora, ¡a ella!) que uno tiene unas necesidades y tal, y cual. Dice que aquello era un bucle terrible, que empezó a llamar a números desconocidos por lo largo y ancho del teléfono y que de pronto se vio hablando en francés Bonjour, Madame y que después en alemán Mir geht es gut, danke y después en un idioma desconocido que parecía de extraterrestres Les maiths ëndun kartof, a tru y al que una voz respondió Kartof als núterg, sà! Y allí llegó la confusión y la suerte de un ladrido que la despertó, porque el asunto empezaba a coger una forma maquiavélica donde ella no era ella sino otra mujer multilingüe y extraterrestre igual a ella y, en fin, que se despertó y era viernes.

Y que bajó las escaleras y que no pasó nada y que llegó a la cocina y que tampoco pasó nada y que le dio al chispón y que cuando se encendió la llama azul del fuego colocó encima el hervidor lleno de agua y que no pasó nada y que era un día más de confinamiento, que el tercer o el cuarto viernes, que por ahí andaba la cosa y que todo pasaba sin que pasara nada, y que entonces para qué preocuparse, dice ella, preguntando entre exclamaciones: ¡Para qué, Dios mío, para qué, si no-pasa-nada!

***

Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.