Escribo lo que estoy a punto de escribir por pura tristeza que tengo dentro. Tristeza mía que nada tiene que ver con lo que voy a contar.

Va de locos, solitarios. Locos que hay por todo el mundo. Cada ciudad tiene los suyos, con sus perfiles distintos: los ojos rasgados por la raza, la ropa jironada por los vientos alisios de la isla o las manos agrietadas tras una larga vida al sol. Parecen distintos, todos, pero por debajo de la piel: la misma locura, el mismo dolor.

Conozco uno que siempre va de negro, con el pelo engominado. Es alto, delgado y elegante a más no poder. Está loco de atar, como dice mi abuela. Deambula por las noches con la libertad terca de quien no precisa de luz ni para afeitarse la barba. Se mueve dando zancadas de una calle a otra; atraviesa callejones y, cuando son demasiado cortos, los recorre de nuevo en sentido inverso; cruza las aceras como haciendo equis en sus recorridos y nunca mira hacia otro lugar que no sea el frente. Es un hombre de unos cuarenta y tantos, con una historia de tristeza oculta en la sombra de su ropa oculta en la sombra de la noche. Se llama Ismael, dicen.

Conozco a otro, de piel tostada y sucia. El esqueleto fibroso casi seco. No mide más de metro setenta y siempre va en camisa de tirantes con unos pantalones muy cortos de color verde -diría yo que forman parte de su antigua colección militar, de cuando aún era un chaval-. Por las mañanas siempre está en los escalones de la plaza,junto a correos. Solo. Sentado. A partir de las cuatro te lo encuentras en el cementerio con una cinta naranja alrededor de la cabeza, dando carreras de un lado para otro. Corre como un desquiciado por los caminos de tierra que hay entre las tumbas. Luego, de un salto y sin dejar de correr, se pasa a la zona embaldosada donde los cadáveres reposan amontonados en edificios de hasta cinco pisos. Algunos nichos lapidados con cristal y flores y otros con cemento pintado de blanco sin tan siquiera un nombre, una foto o una fecha que los identifique. Se pasa horas y horas corriendo entre los muertos como si quisiera regocijarse de su vida aún latente frente a esos débiles cuerpos ya sin carne, todos comidos por los gusanos. ¡Dios sabe lo que pasará por la cabeza de este hombre!

Y también conozco un tercero que se llama por su nombre y por su nombre se contesta. Empieza así, gritando su nombre repetidas veces, alargando las vocales. Primero no se responde, es un mero llamamiento al vacío, a alguien desconocido y lejano que parece no estar ahí. Pero al rato, después de qué sé yo, diez minutos, comienza a responderse. No se le entiende muy bien lo que dice, pero el tono es de reproche y el pronombre «tú» le sale de la boca incesante a lo largo de las frases balbuceadas. Continúa así durante horas. A veces se ríe a carcajadas y hace aspavientos con las dos manos. Y alguna vez, muy rara vez, lo he visto llorar de pie y sin expresión en la cara, con la mirada extraviada en algún punto del infinito.

Todos hombres, tan humanos ellos, tan de cuerpo y espíritu como cualquiera. Ahí, metiditos dentro de la única cápsula que los salva: la locura.

 

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