Me gusta jugar a creerme quien no soy, a pesar de la frustración, a pesar del crujido de la herida. Una chica de presencia, libre de gafas y moños, muy simple, sí, semejante a la nada en el momento de nacer. ¿Imaginan, la nada naciendo por primera vez en el mundo? El milagro de esa mujer embarazada pariendo -pongamos- bajo la luz amarillenta de una farola vieja, en el abismo de una calle cualquiera. Y ya, desembarazada ella, la criatura imposible rozando el aire sin tropiezo alguno, como la pluma de una paloma que llora y cae hasta el suelo sin dañarse.

Jugar a inventarme una boca nueva llena de palabras que jamás he pronunciado, entrenando la lengua en movimientos exóticos, bohemios, y esperando un sonido impensable hasta ahora. Embadurnar las encías de la saliva agria y dulce que precede la muerte, tan llena de calma capaz de cantar a intervalos una canción de cuna. Ser el instrumento más triste de toda la orquesta, el único que no carga con ninguna sombra. El que flota más liviano sobre el océano muerto. Qué delicia.

Me gusta jugar y no lo niego, porque parece sencilla la meta y no lo es. Cualquiera puede suponer que es fácil la inmersión de la vida en un juego que se diría de niños, ¡pero cuánta amargura encierra! Eso nadie alcanza a saberlo porque nadie sabe de este lugar perdido donde ni el pétalo ni la miel saben el uno del otro, sumidos en la máxima desconexión. Un revoloteo de luciérnagas a punto de apagarse y, sin embargo, me gusta jugar y no negarlo.

Jugar a empañar los cristales de sus ojos mientras el cuerpo se desinfla y se abre a la luz de la mañana. Volverme transparente al peligro, al miedo, a la lujuria. Y salir ilesa. Siempre ilesa. Que no haya peligro sino yo  misma ser el peligro que galopa consumando el pacto definitivo de la vida, derrochando el poder del alma en el despecho de esa fantasía que siempre tuve clavada.

Me gusta jugar sin que me vean, he de confesarlo, jugar a las escondidas de los ojos que no perdonan una mentira ni tampoco entienden el placer de las costuras que alberga un amor mal cosido. Esos ojos rígidos abotonados en la cara caprichosa del cuerpo que no arriba, ¡Dios mío!, esa terquedad ganada a sangre helada batalla tras batalla.

Me creo viva en la resistencia de un muro, siendo la flor que no me tocó ser, dejando que un soplido de viento enmarañado me limpie de polvo las esquinas. También me creo en el cuerpo de un grillo, cada noche crí-crí y, devuelta la madrugada a su lugar, un zumbido de abeja sobrevolando el nardo de cualquier jardín.

Jugar infinitamente hasta agotar el delirio y el frenesí. Creerme quien no soy. Esperanzarme en la humanidad extinguida. Perderme en la ausencia. Cerrar los ojos. Besarme la boca. Volver a mí.

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