El Perseguidor / Diario de Avisos Especial «III Festival Hispanoamericano de Escritores»

 

La realidad se fue dejando ver a cuenta gotas como queriendo dosificar la sorpresa
del regalo: primero la rueda de prensa en Madrid con Noelia García nuestra alcaldesa, el
director del festival Nicolás Melini y J.J. Armas Marcelo (a quien más tarde conocería por el
inolvidable nombre de “Juancho”) director de la Cátedra Vargas Llosa; después vino la
presentación del cartel oficial del evento; más tarde llegó el despliegue de los más de
cincuenta -¡cincuenta!- participantes que acudirían al festival y, al final, el ansiado programa
para dar respuesta a los dónde, los cómo, los cuándo y los sobre qué.
Fue así como empezó el inevitable baile de nervios en mis tripas. A mis treinta y
cinco años sintiendo esas maripositas que sienten los niños semanas antes de que lleguen Los
Reyes Magos. Con esa emoción a flor de piel me puse a trabajar. Debía elaborar mi propio
programa para decidir una opción cuando eran varios los eventos que coincidían. Tuve que
investigar sobre los tantos nombres desconocidos que aparecían en la lista porque la
literatura es tan grande y yo tan joven que no me alcanza la bendita vida para leerlos a todos.
Y lo más difícil: trabajar la serenidad para evitar que me echaran de mi propia casa por
pesada, por repetir una y otra vez lo afortunada que era yo -y todos los que íbamos a acudir a
este festival- por tener al alcance de cinco minutos todo un pueblo inundado de la más alta
literatura, ¡por dios!, ¿no es esto digno de gritarlo a los cuatro vientos con el descaro propio
de la felicidad más pura? Sin ningún tipo de vergüenza. Sin complejos.
Llegó el lunes 9, el martes 10, el miércoles 11 y el regalo fue abriéndose poco a poco
o, al menos, así quise abrirlo yo, al ritmo lento de los grandes placeres. El primer impacto fue
contemplativo, desde la posición observadora de un detective. Ahí, sin hacer ruido, me
coloqué para observar los cuerpos y las vidas reales de esas personas creadoras que habían
vivido inmóviles, hasta ese momento, dentro de mi cabeza: «Gioconda Belli fuma cigarro
electrónico en la retransmisión de radio. Siempre con gafas de sol. Uñas de rojo en los pies.
Sonrisa gloriosa». Esta fue la primera de tantas anotaciones que hice en mi bloc. Escribí
también en algún momento (durante el homenaje a La tertulia del Gijón, creo recordar):
«Quiero un Juancho en mi vida que me cuente las cosas como se cuentan los cuentos». O:
«Alberto Ruy Sánchez es de la elegancia de un pelícano y eso quiero leerlo en su obra».

Así las primeras horas del festival hasta que aterricé de nuevo en la tierra y mi sentido

común empujó a mi sentido fantasioso. Entonces ocurrió, no sé de qué manera, pero ahí
estaba yo callejeando por mi pueblo natal de toda la vida junto a Fernando Aramburu,
Anelio Rodríguez, Karla Suarez, Ricardo Hernández Bravo, Mónica Lavín, como si fuéramos
esos amigos de siempre. Aquellas risas de Juan Carlos Chirinos o las conversaciones con José
Balza sobre su Orinoco natal, cuando él tenía ocho años y a pocos metros de su casa
llegaban las embarcaciones maltrechas con canarios emigrantes que traían paquetes de gofio
bajo el brazo y que él, con su inocencia y felicidad de niño, lo saboreaba como el más valioso
de los manjares. Coloquios breves que surgían entre un evento y otro, sin distinciones de
quién era quién porque aquí todos -o casi todos- éramos gente sin etiquetas. Se me fue
borrando así la imagen de figuras intocables que tantas veces he tenido sobre los grandes
escritores, esas personas que de su don han hecho un oficio y que cuando salen en las
portadas de las revistas o son galardonados con grandes premios o se rodean de cámaras y
colas interminables para que le firmen un libro, se convierten en seres famosos que
parecieran abandonar, de algún modo, su condición humana.
Fui feliz de experimentar la humildad por encima de todo, un calorcito que siempre
me mantuvo los pelos de punta cuando en voz bajita pensaba: «Estoy frente a Héctor Abad
y Héctor Abad está frente a mí y estamos hablando del arte de escribir». Humildemente feliz
cuando David, el hijo de Elsa López, me llevó hasta la mesita de la plaza (donde estaría ella
tomando café) para que me firmara los libros pero que en su lugar encontramos a Manolo,
padre de la criatura y marido palmero de la escritora. De las manos de David pasé a las
manos de Manolo (ay, este hombre al que también quisiera en los días cotidianos de mi vida)
para llegar, al fin, a la admirada Elsa que se encontraba al otro lado de la plaza. ¡Una
complicidad tremenda! Es la intimidad de los lugares pequeños, no me cabe la menor duda.
Un festival de este calibre no podría tener mejor escenario que el que le han puesto. Los
Llanos (como abreviamos los palmeros) está a medio camino del pueblo y de la ciudad chica,
y de ahí parte de su encanto: los laureles en la plaza, el chorrito de la fuente, las campanadas
de la iglesia…
La literatura tomó la forma del agua y recorrió todo cuanto pudo llegando no solo a
quienes estábamos en la calle, también pasó por colegios e institutos. Fue maravilloso
cuando los adolescentes vinieron al Museo Arqueológico Benahoarita y allí, mezclados todos, disfrutamos de la sensualidad de la lectura entendiendo cómo leer nos mejora la vida y
nos cura los males, sean estos del tipo que sean. Algunos no lograron dejar el móvil de lado,
pero otros, la mayoría, estaban con sus cinco sentidos totalmente despiertos. Y es que el
aprendizaje que uno puede llevarse en una sola de estas charlas es brutal, un material que no
aparece en los libros porque su importancia radica en la experiencia personal de cada uno,
algo que solo se aprende cuando los tenemos delante y nos los cuentan de tú a tú. ¿Por qué
si no hubo tanta gente que se animó a coger un avión o un barco para venir a este festival?
Porque no es lo mismo leer un reportaje sobre el trabajo de los traductores que escuchar a
Ryukichi Terao explicando los detalles de su oficio y observar en cada uno de sus gestos el
amor tremendo que desprende por lo que hace. O ver a Santiago Gil levantarse de su silla de
moderador para sentar en ella a un Félix Francisco Casanova imaginario al que se le podía
preguntar sin tapujos esos interrogantes que nos dejó cuando se fue.
Es la emoción intensa del momento lo que resume la esencia de este II Festival
Hispanoamericano de Escritores. El aprendizaje vestido de gala desfilando por las calles de
Los Llanos dejando tras de sí un halo de romanticismo que, días después, se ha convertido
en esta melancolía dulce con la que evoco hoy aquellos días felices que me atravesaron sin
remedio. Porque así es la vida: la literatura y sus consecuencias.

 

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