Llegó el día, ya inaplazable. Y los días inaplazables hay que respetarlos, mirárselos con cautela y sangre fría pero con inteligencia sobretodo para no arruinar el plan trazado. Porque son difíciles, los días inaplazables, llevan consigo el peligro pegado a la nuca.

Dice que tiene el alma ronca como la tuvo Miguel Hernández en medio de una poesía, ronca de gritar un absurdo auxilio en un absurdo mundo en el que de pronto se ve viviendo. Dice que les avisaron un poco, pero no mucho, entonces ella compró un poco, pero no mucho. Dice que fueron jalando y jalando del hilo hasta hoy. Que ni se ha roto el hilo ni ha pasado nada, simplemente que el que come gasta, y se les gastaron las manzanas, los puerros, las zanahorias, los ajos, la habichuelas, los boniatos, las peras, casi los plátanos, a cero de lechugas; apenas dos ramilletes solitarios de coliflor habitando la inmensa nevera y un repollito de col riza (que mira que son eternas, las condenadas). ¿Y de qué demonios sirven dos kilos de lentejas sin verduras? ¿O una digestión sin frutas? Dice que es evidente, que las piezas dejaron de encajar y se les turbió el humor. Había que trazar, irremediable y urgentemente, un plan de supervivencia anímico: salir a comprar al supermercado.

ESQUEMA DEL PLAN:

Vestimenta: mascarilla y guantes, complementos ambos de imposición indiscutible + una pareja de guantes de repuesto; gabardina baja de color rojo comprada en el pasado para hacer el Camino de Santiago, ¿negociable?, tal vez; gafas de protección de las que usamos para cortar maderas y lijar y desbrozar, como las gafas de bucear pero sin el tubo, casi imprescindibles pero se podría discutir; calzado del de andar por las huertas, eso desde luego.

Preparativos de transporte: nada de los habituales cestos de mimbre y junco, nada de las habituales bolsitas de tela ni de las talegas para las manzanas y las cebollas; nada de bolsas, en definitiva. Iremos con las manos vacías y el maletero lleno de cajas plásticas y zamuros* para colocar ahí los víveres recién comprados de dudosa higiene antivírica. Alcohol y gasas para limpiar el manillar del carro y la moneda que hay que insertar y retirar de dicho manillar. Tarjeta de crédito.

Preparativos de recibimiento en casa: barreño de la ropa con agua tan caliente que roce el hervor, jabón y  unas gotas (o un chorrón) de lejía. Guantes para el que llega y guantes para el que recibe. Una bayeta. Bolsas plásticas de las que lavamos y reutilizamos porque tenemos nevera no frost y a la verdura no le puede dar el aire (no se compren nunca una nevera no frost, por lo más que quieran), botes de cristal de los grandes y los tapers habituales vacíos para guardar las zanahorias, los champiñones, etcétera.

Otros aspectos del plan a tener en cuenta: puntualidad, entereza, rapidez, sentido común y de paciencia con los posibles rivales de género humano con los que uno se cruzará a lo largo de la geografía y del tiempo que dure la operación. No usar el móvil en el escenario de riesgo.

Suena el despertador a las ocho de la mañana del día inaplazable, pero ella dice que es inútil porque los ojos ya están abiertos desde hace buen rato. La cena se les hizo larga y no se dejó nada preparado, así que mientras el hervidor calienta el agua para la infusión, la mesa de comer se convierte en una mesa de operaciones con una fila de utensilios en línea. Se repasa la lista mental una segunda vez y hasta una tercera: no falta nada, dice. Mientras la infusión se infusiona en la taza, se procede a la limpieza del volante del coche y de las manetas para abrir las puertas, incluida la del maletero. Dice que se viste con la ropa vieja y que se coloca un pañuelo en la cabeza aún sabiendo que se duchará a la llegada. Da los dos últimos tragos de la infusión caliente. Nada de desayunar antes de la operación porque dice que el estómago lo tiene como nervioso y que parece que se le está anudando con los metros del intestino delgado, así que mejor vacío, para prevenir apretones en el escenario de riesgo.

A las ocho cincuenta, diez minutos antes de que el supermercado abra sus puertas, ella ya está aparcada en primera fila. Y he aquí el primer imprevisto del plan trazado: dice que ya hay gente, mucha gente esperando para lo temprano que es, guardando la distancia de seguridad, eso sí. Algunos aguardan dentro del coche hasta el momento exacto en el que las puertas se corren y el chico de seguridad hace un gesto con la mano que quiere decir: «ya pueden pasar, gente»; otros esperan, sin embargo, con el carro entre las manos, desparramados, sin fila. Nadie lleva el típico bolso donde se guarda la cartera, los pañuelos y el móvil, de hecho, en esta espera dice que nadie está usando el móvil. Se pone la mascarilla y lo primero que piensa es: «yo no aguanto respirando así ni diez minutos». Se mira al espejo retrovisor y dice ver unos ojos de animal salvaje, como de hiena. Le cuesta apartar la vista de esos ojos irreconocibles que le muestra el espejo (¿esta soy yo?, se pregunta). Dice que la mascarilla le hace respirar su propio aire caliente, que es asfixiante. Mira el resto de complementos que están en el asiento del copiloto y, rompiendo inesperadamente las reglas del plan, decide no ponerse ni las gafas ni el chubasquero: «va a ser peor el remedio que la enfermedad», se dice a ella misma sabiendo los efectos que el agobio generan en su ser. Embadurna la gasa con abundante alcohol y sale del coche, de su habitáculo protector, su casa móvil, su cuevita en el nuevo mundo exterior; coge el carro y desinfecta el manillar al completo. Mientras espera a que el reloj marque las nueve, dice que observa por el rabillo del ojo con mucho muchísimo disimulo, pero con una capacidad radiográfica para que su memoria registre el máximo de detalles posible: no quiere perderse nada de esta experiencia tan excitante.

Dice que el señor mayor que está sentado en el muro lleva mascarilla y gafas de vista, y que a veces se le empaña la parte de abajo de los cristales por el vaho que surge de su respiración acorralada. Lleva una bolsa anclada al carro que ella jamás había visto, una bolsa como esas azules de ikea pero de fibra, colgada a los extremos del carro pero sin que llegue a rozar la base del carro. Se ve que no va a comprar demasiado. A su derecha, una mujer también con mascarilla y guantes azules de látex se saca del bolsillo un bote de alcohol de los de medio litro y se echa un buen chorretón sobre sus manos plastificadas. Dice que la mujer no para de caminar en trayectos rectos de cinco o seis pasitos, regresando siempre al mismo punto de partida: su carro. Dice que la ve nerviosa, como se ve a ella misma ante esta escena de película de Will Smith. Otra chica, apoyada en su carro a una distancia prudencial del señor de gafas, repasa una y otra vez la lista de la compra que ha escrito en un trozo de papel morado. La lee y, cuando llega al final, levanta la vista y la coloca en un tercer plano, lejos de los aparcamientos, sobre las mimosas sin flor que hay al otro lado de la carretera. Dice que de pronto se da cuenta de que la entrada del súper está llena de bultos pero que deja de analizarlos inmediatamente porque entonces se abren las puertas y el chico de seguridad hace un gesto con la mano que quiere decir: «ya pueden pasar, gente».

Dice que ese momento. Ese momento justo, milimétrico, fugaz, en el que se abren las puertas acristaladas del súper y todos los bultos, como zombis de un apocalipsis, empujan sus carros y cruzan casi apiñonados las puertas. Ese momento se le atraganta cual bola de pan se le hubiera encajado en el tubo de la garganta, trancándole el pecho de sopetón. Dice que los pensamientos que le corren durante ese intento de avalancha son infinitos e incontables, que le pasan rápidos en una tira, uno tras otro mientras el corazón le galopa casi desbocado. ¿Por qué? ¿Por qué rayos estoy yo sintiendo esto si solo vengo a hacer la compra?, se pregunta. Un par de respuestas tratan de abrirse hueco dentro de su pensamiento, pero ella, avispada como es, les cierra las compuertas. Avanza firme y directa a la frutería. Dice que no se fija en otra cosa porque la misión más importante es llenar el carro con colores de comida fresca, sin envases le hubiera gustado decir, pero esto es una situación excepcional, así que coge -llena de remordimientos excepcionales- todo lo que puede envasado en plástico, ese enemigo estúpido del que lleva huyendo seriamente -como un oficio- desde hace ya más de cinco años. Todo lo envasado está en las neveras cerradas con puertas de cristal. Dice que se mueve con determinación y movimientos tajantes: decide, llena la bolsa, lo pesa y…¡mierda! No contaba ella con que el pegamento de las etiquetas que suelta la máquina de pesar las verduras fuera tan efectivo. Los guantes se le pegan a la pegatina y, cuanto más trata ella de despegárselos, más se le pega la endemoniada etiqueta a los guantes. Dice que los guantes se le estiran como chicles masticados rozando la rotura. Que tira con sutileza tratando de mantener la calma para no romperlos. Sabe que lleva los de repuesto en el bolsillo, pero es que carajo, para qué esa exageración de pegue y esa exageración de etiqueta. Por suerte gana la batalla y consigue salvar sus guantes, pero la historia se seguirá repitiendo hasta que no termine con la sección de frutería y se vaya a los pasillos de lo perecedero. Antes de eso repasa la lista: llevo de todo menos alcachofas, que están fofas y momias como una pelota de goma. No valen ni para un hervor, dice.

Por fin se planta en la zona de los arroces y las legumbres. El problema ahora no son los guantes, es el carro, que ya está repleto, apenas hay espacio para los botes y los paquetes de nada. Dice que invierte cinco o seis o siete minutos en reorganizar el caos que ordenadamente intentó construir hace un rato. De manera inexplicable casi imposible, logra liberar una sexta parte del carro y ahí se las ingenia para meter todo lo que falta, incluido un saco de pienso de veinte kilos para un perro que están cuidando por unos descuidados vecinos que no se digan a venir a alimentarlo.

Algunas estanterías se interrumpen por el vacío, otras están habitadas por un solitario bote de tomate frito y, las que más, llenas con un poco de todo, salvo levadura fresca que ni consiguió hace dos semanas y ahora tampoco, ni rastro de ella. Dice que tampoco se esperaba (aunque ahora que lo piensa sí) que fueran capaces de subir los precios en semejante situación. Poco es lo que ella iba a comprar a los supermercados antes de esta pandemia, pero de lo poco que compraba se sabía su precio. Y ver esto, verse cogiendo un producto que habitualmente compra y tenerlo que dejar donde mismo porque es ridículo pagar por una lata de atún el precio de lo que cuesta una lata de oro, le hacer arder en cólera y de nuevo vuelve a sentir el calor molesto de su propia respiración, tiene ganas de gritar y de sacarse de un tirón la dichosa mascarilla. Dice que solo quiere pagar y salir embalada de esta cárcel alimenticia. Pero cuando está frente a la cajera, un alma llena de simpatía, dice que las venas se le vacían de cólera y se le llenan de pena, por ella, por tener que trabajar toda una jornada entera con ese trozo de papel pegado a la piel, a la piel sensible de la cara, respirando durante horas un oxígeno dudoso, gastado, recalentado y repugnante por momentos. Dice que le sonríe a la cajera mientras pasa la compra por la cinta, en un gesto de agradecimiento, de compasión y empatía, de remordimiento (otra vez los remordimientos) por saber que tras este rato de histeria y desesperación ella llegará a su casa, feliz de volver, pero la cajera, mujer de familia probablemente, tendrá que quedarse ahí respirándose sin queja el sueldo malpagado que le permitirá comprar el alimento para sus hijos confinados en la casa. Dice que le sonríe, pero que la cajera no la ve, se le ha olvido, a ella, que ahora vivimos en un mundo en el que hay que inventar las sonrisas a través de los ojos porque se nos ha tapado la boca. Entonces ella dice jurarse aprender a sonreír con las pupilas en ese momento mismo, delante de la cajera, si se da cuenta o no, ella no lo sabe, pero igual le sonríe con todo su pecho y el fervor de su alma humana, y al despedirse, justo después de agradecerle, le susurra: «mucho ánimo». Dice que la cajera le sonríe con los ojos, dice que le ha sonreído de verdad y que está segura porque lo ha notado, y que también la cajera le ha susurrado «¡gracias!», entre exclamaciones. Y, ay, entonces ella sale un poco más victoriosa y feliz de esta misión. Dice que antes de llegar al coche se arranca la mascarilla del rostro sudoroso y vuelve a sonreír, esta vez a lo grande, sin esconder ni un solo diente. Está feliz de sentir el roce del aire fresco por toda su boca. 

*Zamuro: Recipiente de goma grande con asas, en forma de cesto.

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Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.