Había gente, poca, pero gente al fin y al cabo. Todos con sus carros de aquí para allá, unos haciendo cola en la pescadería, otros frente a las máquinas de pesar la fruta, una cogiendo un saco de diez kilos de papas, otro llenando una bolsa con tomates, el que está frente a la nevera de la carne envasada. Gente moviéndose, pero sin ruido. Una ola de silencio pesaba sobre sus cabezas. Era un silencio denso, como de cementerio. Nadie hablaba, cada individuo sumido en su soledad y en su propio miedo. Nadie tosía. Nadie reía. Ni siquiera una musiquita suave de fondo. Ni una mísera oferta sonando por el altavoz. Terrible silencio como el que habita después de un tsunami, silencio de muertos; y los muertos: nosotros, dice ella.

Ve un tipo vestido con ese mono verde de papel que utilizan los fumigadores, botas de trabajar en los pies, capucha del mono cubriéndole el cráneo y una mascarilla como de astronauta. No había un trozo de la piel de ese hombre que rozara el aire. Y no lejos de él, otro señor vestido con sus vaqueros y su camiseta de rayas de los días normales, con las manos cubiertas por los guantes obligatorios que el súper obliga a ponerse a la entrada. Dice que se pregunta qué realidad vivirá uno y qué realidad vivirá el otro para que, siendo tan humanamente iguales, hayan decidido opciones tan opuestas.

Pero ella ya no está en ese súper, ya salió, ya está de vuelta a casa con la musculatura tensa y encogida, bien pegada a los huesos tratando de digerir ese desayuno de sensaciones nunca antes ingeridas. Las rumia y las mastica bien. Sin embargo, dice, toda su concentración está puesta en el coche que, sin quererlo, va más rápido de lo habitual. El pie sobre el acelerador ejerce una presión sin demasiada medida, controlada, eso sí, pero pasada. En cuarta y disparada directa a casa, ahora que las carreteras están deshabitadas es rápido llegar a cualquier parte.

Desde que salió esta mañana hasta ahora que llega, dice, solo han pasado dos horas, pero qué dos horas más inexplicables. Dos horas, dice, que han girado en un espacio atemporal ubicado entre dos zonas vitales desconocidas y mudas. Toca la pita del coche como el repartidor del pescado que viene anunciando los alfonsiños y las caballas allá en su tierra. Y él sale a recibirla. Qué suerte, se dice, qué suerte la compañía de saberse esperada. Ella quiere decírselo, así con esas palabras, pero no puede, la necesidad de desahogo es tal que no la deja ni sonreír para darle las gracias por estar ahí, dentro de su casa salvadora, en la línea segura de la vida.

Se hallan en la última parte del plan: el barreño y el resto de preparativos están listos. Ella baja del coche las cajas y los zamuros con la fuerza que le queda. Dice darse cuenta de que el espacio se ha convertido en un campo de fútbol con la línea divisoria que determina los terrenos de juego, los de un equipo y los del otro. A ella le toca jugar fuera, con el barreño entre las manos; él juega dentro, recibiendo todo lo desinfectado, sacando las lechugas de la bolsa en la que estaban envasadas o trayendo los botes abiertos para derramar las harinas dentro. Su terreno es el limpio, el de ella es el posible contaminado.

— ¿Había mucha gente? —pregunta él.

— Pues mucho más de la que me esperaba.

— ¿Iban todos protegidos?

— Pues había un poco de todo, desde los más precavidos a los menos —le responde ella mientras le pasa la bayeta caliente a la decimoquinta manzana.

—¿Tú crees que esto sirva de algo?

— Pues quién sabe. ¡Quién sabe nada! —suspira ella—, es imposible controlarlo todo, pero habrá que hacer el apaño, ¿no?, por lo menos uno se queda más tranquilo pasando esta bayeta.

La montaña de envoltorios plásticos va creciendo, las cajas van quedando vacías y la despensa más llena que nunca. Prepararon esta lista de la compra al detalle, con la idea de no volver a salir hasta el final del encierro. Ya veremos.

Sobre la marcha deciden que una parte de las frutas se van al taller, que es más frío y tardarán más tiempo en madurar.

Terminada ya la última fase de la operación, ella pone todos los plástico en una bolsa y todos los cartones en otra. Las deja fuera, lejos, con el alma llena de arañazos de gata recién parida. ¿Tanto esfuerzo para llegar a esto?, ¿de verdad? Ver frente a uno lo absurdo de lo humano y hacerlo propio, ¿cómo?, escogiendo ese manojo de zanahorias con las ramas verdes, todo el ramillete envuelto en un metro cuadrado de plástico imbécil, insolente plástico, plástico infectado.

Después lleva las cajas vacías a la entrada y les tira el agua, ahora tibia, del barreño. «Ábreme el grifo caliente de la ducha», le grita ella mientras comienza, dice, el estriptis más ridículo de toda su carrera amorosa. Ni una gota de sensualidad, Díos mío, solo los pezones erizados por el aire frío que le está acuchillando el cuerpo de gallina en el que se he rencarnado. Da brinquitos mientras se deshace de los pantalones, se jala el pañuelo de la cabeza, se deshace el moño y sale desnuda y disparada con esa bola de ropa directa a la lavadora (que pondré a lavar a 60 grados cuando salga de la ducha, piensa). Sube las escaleras corriendo y desnuda. Lo ve ahí, parado, en mitad de su trayectoria mirándola con una risa entre la burla y el deseo, ella se lo lleva por delante porque a rápida no hay quien la gane cuando está llena de frío y de rabia. Y desnuda.

¡Bendita el agua caliente, por favor!, dice. Al fin, bajo el calorcito hirviente de los chorros del agua, los músculos se le despegan del esqueleto y se relaja. Comienza entonces a entonar palabras inconexas sin significado alguno en una especie de canto, dice, al más estilo Miguel Noguera, alaridos musicales, sílabas sueltas que solo los conocedores del desahogo manejan. Y atraído por sus cantos de sirena isleña, aparece él: «¿Te sumas?», le propone ella con los brazos abiertos y un guiño de ojo, ahora sí, muy seductor. Él no dice nada. Y se desnuda. 

***

Este texto pertenece a la serie Historias de un confinamiento, un conjunto de relatos concebidos en pleno encierro a lo largo del año 2020, durante la pandemia del coronavirus.