Existe un hastío silencioso que se cuela en el cuerpo como se cuela el viento por las rendijas de la puerta. Un hastío incierto, huérfano de motivo y hasta cierto punto cariñoso. Nadie sabe de él hasta que lo siente haciendo nidito dentro del humor que nos habita. Se recuesta y se deja dormir sin temores de presas que lo acechen. Es en ese momento donde uno comienza a sentir un cosquilleo incómodo que lo obliga a dejar lo que está haciendo porque para qué, y desiste de su intento y se va a la cocina en busca de un higo y una almendra que le alimente la desgana, pero la reacción es la misma: no hay sabor en el fruto y masticar para nada, cansa. Abres entonces la ventana, asomas apenas la nariz y el calor precipitado de mayo te echa hacia atrás, arrugándote la frente, y protestas: ¡Ya no hay primavera en este mundo jodido! Alguien de la casa responde, pero uno está incómodo y prefiere hacerse el sordo que andar conversando, así que subes la escalera y te metes en la habitación. Tratas de elegir una nueva lectura, pero el último libro fue tan bueno que no hay a la vista nada inquietante que invite. Coges uno y lees la contraportada, demasiado flojo. Coges otro, lo abres al azar y lees una frase que dice: “Era una habitación estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo”. Lo descartas por la simpleza de su prosa. Decides ir a lo seguro y agarras el Volumen I de la obra periodística de García Márquez, lecturas breves y ligeras. Pero empiezas a leer y a las dos líneas te das cuenta, avergonzada, que estás desperdiciando la lectura porque ese humor fatídico te hace impenetrable incluso a los grandes placeres.

Terminas por aceptar, después de varios intentos, quedarte quieta, respirando, con la vista puesta allá a lo lejos, en espera de que el tiempo se deslice sin demasiada tristeza y el hastío no haga estragos adentro de uno, que igual de sigiloso que vino, que se marche, porque este cuerpo más que uno quiera, siempre mantiene un resquicio abierto al mundo.

 

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