Océano Atlántico

Me despierto a la voz de un susurro y, al abrir los ojos, veo que la tarde cambió. El calor se esfumó en un remolino de aire otoñal; gris el cielo, una masa interminable de nubes todas ellas amontonadas sin orden, luchando por un espacio propio que no consiguen. La típica tarde de octubre que cae sobre uno. Crees que es el tiempo, un olor dulzón y ligero que solo el tiempo de estos días tiene. Bajas a la cocina, llenas de agua el hervidor, enciendes el fuego a golpe de chispón y esperas detrás de la ventana mientras observas el final de las llanuras. «Falta el mar», te lamentas. Lo dices bajito para ti, pero te gustaría gritarlo para el mundo. Recordarle a cada uno de los que ves por la calle que aquí falta el mar y, eso, te da desconfianza porque ¿cómo se va a curar la gente un mal de bronquios sin la brisa salada del océano?; ¿cómo los problemas de circulación si no es caminando sobre la arena negra mientras el agua te retoza en los tobillos?; ¿cómo -¡díganme!- curar el dolor de la tristeza cuando sentados frente al calendario los días no pasan: pesan?

Compruebas entonces, allá a lo lejos, el vuelo de unas golondrinas que suben y bajan empicado como brujas del universo, como llamadas a recordarnos algo, pero el qué.

El hervidor ya ha empezado a chiflar, se parece al bramido de un barco gigante a punto de zarpar. Preparas el té con una rabia que no te asombra. Subes las escaleras pasando por delante del ventanal con cierta indiferencia como si con ella, la indiferencia, consiguieras haber metido un gol a ese mundo de ahí fuera, donde tú no estás ahora. Abres la puerta de tu habitación -el lugar intermedio entre el mar y tus volcanes-, enciendes la luz porque es octubre de otoño y sin tan siquiera ponerte de acuerdo contigo misma, comienzas a escribir, sin decir nada, bajo el calorcito acolchado de tu madriguera imaginaria.

 

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