Estrecho de Gibraltar (a la derecha Europa, a la izquierda África)

Es siempre así: donde algo termina, algo comienza. Un amor, un bocado, un paseo, un país, un continente.
Desde aquí arriba los nombres propios dejan de existir, porque ante el poder de los ojos la tierra es tierra y el mar es mar. Pero fui a la escuela, y me explicaron. España es un país. Un país que está al final de Europa, abajo del todo. España es un país que pertenece a Europa, una comunidad donde viven otros países. España es el país, abajo del todo, que pone fin a un continente, el continente europeo. Después de España el mar. Y después Marruecos. Y Marruecos es un país que pertenece a África. Y África es un continente (donde el tercer mundo, me decían). Y así, en la escuela, me explicaban cosas en clase de geografía al tiempo que en clase de ética me explicaban otras: la necesidad de ser libres, de compartir, de que todos somos iguales, de que no hay que decir mentiras…, cosas así.
Pero entonces uno vuela un día, y otro, y otro. Se sube a un avión para cruzar el océano y deja caer la mirada al suelo. Y allí tropieza con un trozo de tierra que termina, un trozo de agua que no se mueve y otro trozo de tierra que comienza. Y piensa en cuando fue a la escuela. Y escribe que desde arriba no hay nombres propios, que los colores verdes y los marrones cultivados son iguales en un lado que en otro. Escribe que desde arriba no se ven puertas, ni mallas con espinas, ni nada que contradiga la bien explicada libertad de las clases de ética. Que todos somos iguales. Que no hay que decir mentiras. Y cosas así.
Desde arriba.
Sin nombres propios.