Chantal estaba inquieta: ¿y si en lugar de cumplir más años cumplía años de menos?, ¿y si en lugar de vivir avanzando hacia el futuro vivía en dirección al pasado, hacia otra época distinta?

Se levantó, se pasó la bufanda por el cuello, agarró el maletín de piel y salió andando por la avenida. No lo podía evitar, su mente trabajaba imparable y a buen ritmo tratando de desenredar aquellas dos preguntas que se hizo nada más despertarse, al amanecer de su día de cumpleaños.

Era absurdo vivir hacia el pasado. ¿Cómo decrecer el cuerpo: detener las arrugas, la sordera, las canas, la artrosis? ¿Cómo volver a pisar un día vivido, es decir, cómo caminar por encima de una conversación que ya fue o, por otro ejemplo, cómo morder una manzana que fue ya comida y engullida pero que, por vivir hacia el pasado, vuelve a estar ahí, reluciente sobre el frutero?

Y así día tras día, hacia atrás un poquito hasta llegar a otros tiempos: los tiempos de la bisabuela. Entonces uno aparece en escena como si tal cosa, como si ese barrio con calles de tierra, sin coches, le perteneciera. Y anda de un lado para otro saludando a este y a aquel, comentando la faltita de lluvia que hay, que como sigamos así nos vamos a morir de hambre porque no habrá con qué regar las papas ni el millo y ay qué penita tan grande, dios mío. Y te persignas la frente, resignada, pero en tu sitio. ¡Qué cosa esta de vivir hacia atrás! Te ves bien, un poco desfasada con esas ropas que llevas porque desentonan, pero bueno, tampoco es para tanto: tú siempre has ido a destiempo con las modas. Así que ni tan mal en la vida regresiva.

 

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