Foto extraída de neotraba.com

Cuando leo a Elsa López es como leerme a mí en un pasado que no tuve por cuestiones de edad (ella nació 41 años antes que yo) y en un futuro soñado que todavía alberga un espacio gigante dentro de mi imaginación. Porque ella vivió en la isla que yo nací, en esa época en la que las carreteras eran caminos de tierra polvorienta y las puertas de las casas permanecían abiertas, siempre, fuera uno a donde fuera.

Sé que parte de mi infancia conserva ese olor que encierran las casas viejas con el baúl de tea almacenando los higos pasados, el jabón lagarto en la pileta, los cuerpos abatidos de los abuelos envueltos en el sudor acumulado de la semana. Porque tuve la bendita suerte de nacer a tiempo.

Pero hoy apenas queda nada de eso: las piedras en las plazas donde las mujeres se sentaban a bordar quedaron enterradas para siempre bajo las baldosas modernas del nuevo mundo; los parrales en las fachadas de las casas se sustituyeron -por sucias- por pérgolas de madera bien hechas, con sus tejitas impenetrables a cualquier rayo de sol; los paredones de piedra vieja se tiraron al suelo para construir buenos muros de bloques que delimiten sin dudas el terreno de uno con el terreno del otro. Y así, con todo. El individualismo.

Se evapora sin remedio la sencillez de la vida humilde, la que durante tantas generaciones ha sobrevivido a guerras civiles y mundiales, a pestes y a hambrunas y que, ahora, cuando lo tenemos todo, peligra de extinción por desuso.

Leo a Elsa López para que me cuente sobre los domingos de Juan Viña, el sueño de Mauro Castro, sobre Lola, sobre los hombres solitarios de El Tablado, el olor del gofio, para que me diga, en fin, cómo transcurrían, lentos y armoniosos, los días en esta isla cuando mis abuelos eran aún fuertes y robustos y tenían la memoria a flor de piel.

Es un alimento que necesito para no morir de inanición por falta de humanidad y sanas costumbres. Porque el mundo que yo anhelo -y el que tengo en la memoria- se va, se está yendo, apenas unos rescoldos en mi manera de guardar los recuerdos. Y eso es una tragedia tremenda, sobre todo para una mujer arrastrada por el instinto maternal que se cuestiona seriamente traer más vida a este mundo insensato que estamos construyendo a golpe de egoísmo.

Pero mientras por los callejones perdidos del mundo queden almas como la de Elsa López que rieguen las hierbas de los márgenes con su delirio alegre, entonces habrá poesía por la que valga la pena vivir.

 

La Palma, 1 de septiembre de 2019