Konnan, en un parque de México

Solo aquellos afortunados que saben amar a un animal, saben lo que duele su pérdida. Y cuando digo amar no me refiero a darle alimento, higiene y confort. No, es más que eso. Me refiero a un sentimiento hondo que se crea como un tesoro en el corazón del corazón, a través de un engranaje de emociones puras, sencillas. Es en ese cofre de amor por el animal que se gesta una mezcla entre la honestidad y la lealtad surgiendo, así, la amistad incondicional que todo perro ofrece –gratuitamente– a su compañero humano; un vínculo difícil de igualar.

Hace unos días recibí, desde el otro lado del océano, un mensaje-audio escalofriante, tanto por su contenido como por el tono vacío de su voz: era mi querida amiga mexicana llorándome la pérdida de su perro Konnan. Sentí una especie de parálisis que me obligó a dejar de lavar los platos y sentarme en la silla de la cocina para escuchar de nuevo el audio. La pérdida no era definitiva, es decir, Konnan no había muerto, había desaparecido, lo cual no se sabe bien si eso es menos o más doloroso que la muerte. Lo que sí es una certeza es la esperanza que queda para encontrarlo: confiar en un posible encuentro, confiar en la suerte, en que el destino y el universo unan sus poderes y se pongan de acuerdo para que un día, a una hora determinada, mi amiga y Konnan coincidan de nuevo en algún lugar exacto del mapa. Pero hasta entonces, solo queda buscar.

Desde el fatídico día de la desaparición, mi amiga se levanta cada mañana con el estómago desordenado lista para salir a buscar a Konnan. El método es el de siempre: pegar cartelitos en los comercios y en las farolas, preguntar –foto en mano– a unos y a otros aquí y allá y, sobre todo, gritar a pleno pulmón, en mitad de las aceras y de los parques, el nombre de Koooonnan, Koooonan. Una, dos, tres veces. Las que la voz aguante antes de volverse ronca y afónica. Es una tarea difícil, agotadora; sin embargo, hay algo todavía más cansado y triste: soportar los comentarios insensibles de aquellos que ladran palabras sin pensarlas primero.

— ¿Y por qué no adoptas otro perro?

— ¿Y por qué no subes la cuantía de la recompensa?

— Tranquila, es solo un perro, hay pérdidas peores.

— Perros hay muchos.

— Ya te puedes ir haciendo a la idea de que alguien lo encontró y lo adoptó como suyo.

Y mi amiga, tan grande como es, les responde que en un mundo donde existe el no también existe el sí.

¿De verdad se puede pensar que un perro es sustituible por otro perro? ¿Acaso cuando se pierde un ser querido (un padre, por ejemplo), éste es sustituible por otro ser querido distinto (otro padre distinto)? Cada amor ocupa su espacio y no cabe en ese lugar nada que no pertenezca a ese amor, no es sustituible. Algunos tacharán de frívola la comparación, pero creo que ya va siendo hora de aprender a colocarnos en el mundo horizontal que nos corresponde como raza y dejarnos de esa pendejada que ubica al ser humano en el más alto escalafón de la vida, ahí donde nos creemos más valiosos, intocables y más poderosos que el resto de animales. De dónde surgió esa macabra idea no lo sé, pero desde chica he crecido en un mundo en el cual me educaron para aplaudir a un león atravesando un aro de fuego bajo la carpa de un circo, es decir, me educaron para creerme con el poder de hacer con los animales lo que me diera la gana porque, total, solo son animales. Así que con este panorama no me quedó de otra (una vez que aprendí que yo era solo una humana) que esconder mis emociones y comentarios cuando me dolía más la muerte de mi perro que la de mi tío y lloraba con más tristeza el entierro del animal que el del pariente. Y es que eso, ¡muchacha!, es un atentado gravísimo contra la dignidad humana. Entonces, un día que podría ser cualquier día, uno se levanta con la moral envalentonada y decide ser, por vez primera, uno mismo, opinando sin miedo al juicio, opinando sin la necesidad de demostrar nada a ninguno y desde ese lugar honesto compartirle al mundo que el amor que uno siente hacia su perro es único, es insustituible, es tan inmenso que abarca todos los espacios del alma y del hogar, es un amor limpio de mentiras y condiciones y que, precisamente por ser así, se puede llegar a amarlo con toda esa grandeza y devoción que no siempre se tiene para amar a un humano únicamente por su condición de ser humano –o de ser pariente–. Lo cual no es grave, es pura sensatez del corazón que decide entregarse allí donde le ofrecen un colchón mullidito a base de amor puro y amistad sincera.

 

Los días pasan en la vida perdida de Konnan y, a ratos, la esperanza de quienes lo aman se desvanece hasta convertirse en un hilo fino y frágil a punto de romperse, pero ahí está mi amiga con su fe inquebrantable, la misma que me mostró –o le descubrí– desde el primer día en que nos conocimos. Ciudad de México es enorme, me dice, y cada vez que alguien nos ha dicho verlo, está más lejos de nosotros.

Ojalá termine pronto la jaqueca de la incertidumbre y llegue el alivio de las buenas noticias. Ojalá Konnan haya salido a dar un paseo igual que salió a pasear mi burro una noche de verano y, al igual que mi burro volvió cuando hubo terminado su caminata, también regrese Konnan de vuelta la tarde más inesperada.

 

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