En la última etapa fue cuando se dio cuenta. Tenía 84 años y la vida llena de llagas en los dedos. Las puertas siempre entreabiertas. El sueño ligero para no perderse nada, no por miedo ni por insomnio, es que era curiosa por naturaleza y la noche cerrada le intrigaba.

Florentina Ulises siempre vivió en la sombra del amor, un lugar que habitó con gusto y plenitud, sin complejos, no necesitaba compararse con ninguna otra muchacha por más felices que se las viera. «La procesión va por dentro, hija mía», le dijo siempre su madre. De niña Florentina no pudo entender el significado de esa frase, pero con los años y los hombres, descifró el mensaje sin demasiado esfuerzo. Por eso la sensatez del gris, de las nubes, de los días de lluvia, de la niebla rastrera cumbre abajo.

Probó con varios hombres: primero con Domingo Hernández, un primo hermano de Marisa; años más tarde conoció a Adolfo Viña para terminar finalmente casada con Vicente Simón. Ahora, a sus ochenta y cuatro, puede ver la historia enlazada de sus amores que siempre fueron buenos: hombres sencillos de pueblo, con sus debilidades de macho y sus cosas, pero de espíritu bondadoso que era lo que a ella verdaderamente le importaba.

A pesar de que las historias que vivió fueron tres y la última de ellas la más creíble de todas, nunca tuvo la sensación del corazón roto. Florentina lloró, claro, y sintió el golpe del vacío en el centro mismo de su pecho, pero así es el riesgo del amor: un pacto entre la herida y la alegría. Hubo noches donde su cama era una llanura triste y solitaria, encendía entonces una vela y le rezaba a la Virgen Suya que no tenía nombre propio porque tampoco le hacía falta, era una virgen solo para ella que nadie más tenía a la que ir a pedir. Los dolores que sufrió fueron todos en la parte más blanda del cuerpo, jamás en su caparazón de piel, ni un rasguño le hicieron esos hombres, nunca. Tampoco la voz en grito. No, nada de eso.

Era ella mujer de navegar -y navegaba- a mar abierto, jugando a tener capitán en su velero y, ellos, sin saberlo, jugaban muy bien en ese papel asignado. Era divertida la aventura de vivir así, como en una deriva constante, el cuerpo flotando en el agua de un lado para otro sin rumbo, a merced de las olas mansas bajo la inmensidad del cielo azul. Ella con sus pensamientos y sus pensamientos con ella. Ellos: ajenos; al otro lado de todo.

Y así fue que con los años Florentina aprendió que los hombres no te tocan la puerta para hacerte feliz sino para hacerte más fuerte. Todos sus hombres -que siempre fueron uno: el que ella diseñó a su antojo- así se lo enseñaron.

Florentina murió ayer, en la madrugada. Tiramos sus cenizas al mar, salvo los tres hombres que rociaron el océano con rosas blancas recién cogidas del jardín de la que un día fue su amada.

 

 

***