Aunque solo recuerde el nombre del juego –Base– y nada quede en mi memoria de las instrucciones, sé que aquellas tardes muertas en el patio de cemento de Nina se nos pasaban, tranquilas, las horas de la infancia.

Éramos tres, más una pelota, más un terreno de juego improvisado. La hija de Nina y yo éramos de la misma generación, año arriba año abajo de diferencia, pero Francisquito no, él nos llevaba la delantera en más de doce años de vida. Mientras nosotras aún jugábamos a muñecas, él ya cargaba a la espalda piñas de plátanos de más de cuarenta kilos y hacía sus primeros pinos en el mundo de la electricidad.

Alto y espigado como era, aparentaba todavía más su condición de hombre. Tenía pelos por toda la barba y bigote que se ocupaba de rasurar cada dos o tres días. Una melena espesa –a la que tampoco le permitía crecer demasiado tiempo– le cubría como un almohadón carbonizado su cabeza de niño. Su voz ya madura no se defendía en el lenguaje fluido y común del resto de las gentes. Simplemente era especial, y solo quienes lo queríamos éramos dignos de entenderlo cada vez que abría la boca.   

Francisquito podría ser para muchos un fraude de la humanidad, un dudoso experimento habitando la madurez de adulto desde una inocente y eterna cortina de infancia. ¡Cómo debían de doler los golpes del rechazo, las risas estúpidas de los más cobardes, el bombardeo de la burla dale que te pego día sí día también! Saber que mi hermano y el hermano de la hija de Nina eran casi de su misma quinta y que jamás lo invitaron a jugar al tenis ni a salir a hacer el indio con las bicis al cercado abandonado de don Pedro Simón.

Él era un solitario al que nunca le conocí un amigo más que su propia madre y su padre; las únicas éramos nosotras, con las que siempre jugaba y discutía con cabezonería los disturbios del juego cuando había sospecha de trampas. Más de una vez nos dejó plantadas como yerba seca en medio de una partida de Base por tramposas. Abandonó el patio de cemento, saltó a la azotea y bajó corriendo las escaleras para perderse en ese cuarto misterioso que tenía para él solo, todo tan colmado de cables y lucesitas de colores que parpadeaban cuando conectaba no sé qué con no sé cuánto. Una habitación, ésa, llena de microuniversos eléctricos a la que apenas nos dejaba asomar la frente, ni un pasito de más. Él decía que por peligro, pero yo sé que era por pánico a que le alteráramos el orden impoluto en el que tenía organizado su mundo.  Ahí se le pasaban las horas y si había algún motivo alguna vez para rechazar nuestra invitación a jugar a Base, siempre siempre era por algo que tenía que ver con ese cuartito dichoso.

Pero lo más impresionante de todo era la impermeabilidad de Francisquito para los males del mundo. A él la burla le importaba menos que nada, de hecho, sus burlones eran unos fracasados que siempre se retiraban en estampida. Era inútil reírse de él porque lo que Francisquito conseguía sin hacer nada no lo conseguía nadie intentándolo todo: llenar de un ridículo humillante a los imbéciles y ahuyentarlos con el rabo entre las patas. Siempre en el más absoluto silencio. Siempre feliz y sanote, como decía mi madre. Así fue como aprendí yo la valentía del ser humano. Fueron las primeras –y las menos olvidadas– lecciones que viví de chica.

Ahora sé que formábamos un trío extraño, que para los ojos que no vivían en el barrio, vernos jugar a Base o vernos durante horas sentados en el borde de la azotea hablando de vete tú a saber qué mientras se llenaba el tanque con el agua de regar los plátanos, no era nada normal en nuestra infancia de niñas ni en su casi adultez de hombre. Y él lo sabía, porque había crecido y ya conocía las reglas del juego, pero le importaba un carajo bien grande, pues siempre antepuso la felicidad de vivir a las absurdeces del mundo: Francisquito vivía a corazón abierto.

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