Yaeko tiene 61 años, nació en Japón, vive en California y ahora está en nuestra casa. La conocí el verano pasado mientras viajaba por Holanda. El día en que supe su edad casi me da un infarto, no por la cantidad de años que ha ido acumulando a lo largo de su vida -que dicho sea de paso, no son pocos-. Lo que realmente me sacudió y me dejó en estado de shock fue la escasez de arrugas que tiene en el alma. Entre ella y la vejez no hay frontera, su vida es una línea continua desde que nació hasta el día de hoy: Yaeko vive sin la edad.

Cuando me cruzo con personas así en la vida, el imán del amor que corre por los cielos baja hasta la tierra, me coge la mano derecha y me la coloca en el lado izquierdo del pecho de la persona encontrada, exactamente donde el corazón palpita, ahí, quietecita sintiendo con todos los dedos. Esta operación imantada dura unos diez segundos de reloj y su efecto calmante es para el resto de la vida. ¡De gente así no me quiero separar nunca! Y nos volvimos a encontrar.

Desde que Yaeko está en casa siento que estoy viajando. Porque viajar es como el agua, no tiene forma, el viaje como el agua, se adapta al espacio (y el espacio no es otra cosa que la mente). Tener a Yaeko aquí significa tener un trozo de Japón conmigo. No hace mucho me preguntaron acerca de mi próximo destino: “Japón”, respondí. Y desde entonces que no paran de llegarme señalas extrañas de este país. Por ejemplo, al llegar de La Palma me encontré con un regalo que consistía en una varilla de bambú (cha sen), una cucharilla de bambú (Cha Shaku) y una latita con té macha. Hasta ese día no sabía que el macha (o matcha) es una clase de té verde en polvo que se extrae de la punta de la hoja de un tipo de té en concreto con un secado concreto. Cuando Yaeko lo vio, rompió con una carcajada de sorpresa (siempre le pasa lo mismo cuando ve algo relacionado con su cultura en nuestra casa, ríe descomunalmente). Y claro, con la macha, el cha sen, el Cha Shaku y una japonesa en casa, no podíamos no celebrar la ceremonia japonesa del té.

Cha Kai, que se pronuncia tal cual se lee, es el nombre japonés de la ceremonia. Antiguamente el Cha Kai era un evento reservado para ellos, los hombres, donde estrechaban relaciones y hablaban de negocios importantes. Con el tiempo, y con justicia para ellas, la ceremonia del té ha dejado de ser excluyente para convertirse en un ritual de, simplemente, personas. Esta ceremonia no se celebra en cualquier lugar de la casa, tiene su propia habitación con su propio nombre: Cha Shitu o Cha Seki, como quien dice dormitorio o sala de estar o cuarto de baño. Nosotros la hicimos en el salón, junto a la estufa y sobre la alfombra hindú que tenemos en el suelo. Fue algo así como una “representación”. Yaeko flexionó sus rodilla hacia delante y se sentó sobre ellas, en esa posición se movió (aunque podría decir reptó) alrededor de la mesa hasta llegar a su sitio: ella sería la encargada de la ceremonia y, por lo tanto, se sentaría junto a la zona donde se prepara el té, algo así como una cocinilla a golpe de carbón y fuego vivo. Claro que, a falta de un rincón como este, tuvimos que prepararlo en la cocina de toda la vida.

La delicadeza de Yaeko en cada uno de sus movimientos me conduce hacia una relajación plena. Me sorprendí que solo quisiera un bol para hacer la mezcla del agua y el té y no me pidiera tres tazas (una para cada uno). Añadió tres cucharaditas de té al bol y unos escasos mililitros de agua caliente. Removió lentamente de norte a sur con la escobilla, muy lentamente, deshaciendo los grumos más grandes. De pronto cambió a una velocidad de huracán y la varilla comenzó a bailar fuertemente en círculos. Volvió a frenar, de norte a sur y, otra vez, rápido-rápido-rápido en circulitos alrededor del bol. Así durante varios minutos hasta que el té soltó una ligera espuma y su textura quedó más sedosa que líquida. Una vez sentados sobre las rodillas y con las palmas de las manos boca arriba apoyadas en los mulos, saludamos con una leve inclinación hacia delante. Yaeko explicó que todos beben por la misma taza, pero cada uno sin posar los labios en el lugar del otro. Tanto hombres como mujeres van vestidos con kimono. En la parte del pecho de esta vestimenta, se guarda una especie de servilleta que se usa para limpiar el bol una vez se haya bebido. Cada cual sabe dónde bebió el otro (¡deben ser muy observadores y de buena memoria, yo no logré retener el lugar donde bebió cada uno y solo fuimos tres!). El encargado de la ceremonia pasa la taza de uno a uno, es decir, yo bebo y se la devuelvo, entonces él (o ella) la recoge y tras tres movimientos rotatorios sobre la palma de la mano, la pasa al siguiente. El siguiente bebe y la devuelve al encargado. Y así hasta completar el círculo. La forma en que las mujeres cogen la taza es de una elegancia cristalina: con la palma de la mano izquierda abierta apoyan la base de la taza y, con la palma de la mano derecha abierta, abrigan un costado del bol. La delicadeza continúa cuando de beber se trata: solo tres sorbos donde apenas se moja el paladar. Exquisitez, esa es la palabra exacta que siento al observarla con detalle.

Tras haber bebido (aunque en realidad solo es una cata) el té, llega la hora del Chagashi, un dulce japonés especial para esta ceremonia. Cuando Yaeko me describe el Chagashi se le abren los ojos y gesticula más que nunca con las manos. Dice que el Chagashi es un dulce del tamaño de una nuez pelada, bien chiquito, y su diseño tan artístico que podría filtrarse en cualquier galería de exposiciones. Los hombres pueden comérselo entero, las mujeres solo un mordisquito, el resto lo dejan. Me pregunto qué pasaría si una mujer se atreviera con el dulce entero. El machismo sigue deambulando todavía en este siglo.

Como esto fue una representación de la ceremonia y no una ceremonia, al terminar le pregunto a Yaeko si puedo acabarme el resto del té, no quisiera faltar al respeto, quizás significa más de lo que mi imaginación se cree. Pero su risa me responde antes que su of course y no tardo ni un suspiro en agarrar la taza y, con la delicadeza anteriormente descrita, me lo bebo de un trago. Nos quedamos sentados en el suelo durante un buen rato derivando entre su cultura y la nuestra. Hablamos desde los inicios hasta los días de hoy, de sus abuelos y de los míos, de la guerra y de la emigración, de los cambios, de la vida, de la muerte, del viaje. Y, a veces, viajar es esto, estar sentado en el sofá de casa construyendo con la mente un nuevo viaje protagonizado y diseñado por nuestra propia imaginación.