I.

Respiraba según el ritmo que le iba marcando la vida. Nunca llegó a asfixiarse, pero la opresión que sintió aquella vez en el cogote mientras caminaba de vuelta a casa a unas horas donde las calles eran espesura negra, apunto estuvo de dejarlo paralizado. Sintió como de pronto el corazón le palpitaba con una prisa peligrosa, tuvo que apoyar una mano en la farola que tenía al lado y la otra en la cintura, dejar caer la cabeza como un péndulo de plomo y cerrar los ojos. Solo así, vacío de pensamientos, consiguió calmar el estado de alarma que le notificaba el cuerpo.

Siso era hombre de alturas y de sol. Sus arrugas no le hacían justicia y de los sesenta y dos años que tenía, aparentaba ochenta y muchos. Era lo suyo un oficio solar, desde que el primer rayo platino despuntaba en la línea de la llanura, él ya estaba con las gruesas y ásperas manos meneando la tierra a golpe de rastrillo y pala. Sembraba interminables cosechas de maíz, principalmente para vender a los comerciantes ricos de la ciudad. Sin embargo, los cuatro compradores del pueblo que montaban mercado los fines de semana y las dos tiendas de víveres que había en la calle principal, eran también abastecidos por la dulzura de aquellas mazorcas apretadas. A ellos, los del pueblo, Siso les hacía precio especial por pura camaradería. Eran ya muchos años entre las mismas caras y costumbres para no sentirse como paridos de una misma madre aunque, en el fondo bien sabía que su buena voluntad no era más que una farsa disfrazando la rabia que le causaban los ladrones malnacidos de las grandes industrias.

II.

Hubo una noche de marzo que Siso sintió un escalofrío. Estaba sentado en la piedra -pulida del tiempo- que había bajo el inmenso caucho de la plaza. No era noche de luna llena, apenas un hilo fino de plata en recién estrenada fase creciente. Los grillos cantaban con la misma fuerza que los gallos al amanecer y no había más, ni coches, ni gentes, ni gritos, apenas un murmullo lejano del bar de Resbel que si uno no le ponía oído, dejaba de existir.

Fue un cosquilleo a modo de impulso, desde la punta de los dedos, abajo en los pies, a la punta más baja de la cintura. Y ahí se detuvo. Siso carraspeó y recolocó el culo en el asiento de piedra. Pero era inevitable ignorar aquel calor que se le colaba en lo más profundo del sexo. Ya le había pasado alguna vez, siempre al final del día y cuando estaba solo bajo el cielo de las noches silenciosas. No es que anduviera con pensamientos impuros en la cabeza, por dios, eso no, no era Siso un viejo de pecados verdes. El impulso, según sus conclusiones, venía por una sensación placentera de llegar sin remordimientos a la última fase de la vida. Observando el cielo en su más íntima soledad, Siso se sentía en paz con su dolor de cintura crónico, su piel tostada del color del puro habanero, las profundas grietas en la yema de los dedos, los nudos a mitad de las venas, la primera artrosis asomando en las rodillas. Era esa conciencia de vida honrada que le había permitido salir airoso de las impertinencias de la vida la que le hervía la sangre.

Como tantas veces, no le puso mucho asunto, pues entendía que eran esos trabajos de la naturaleza ajenos a su voluntad. Aunque esa noche fue distinta porque recordó las palabras de su esposa. Antes de morir, cuando Isabelita estaba aún con la cabeza cuerda y preveía el final de sus días, le repetía día y noche a su esposo que jamás se abandonara a las bobadas del luto, que eso no eran más que cuentos inventados por curas, que el amor era una cosa y el cuerpo era otra. Muerto lo primero, quedaba lo segundo.

Dieciséis años habían pasado desde aquella muerte que le arrancó un pedazo del alma. Ahora Siso ya era un viejo curtido a los caprichos malvados de la vida y nada quedaba en este mundo capaz de tumbarle el ánimo. Por fin se había reconocido a sí mismo.

III.

¿Llamaría entonces a Marcela esa noche? ¿Le diría que era una noche diferente porque los remordimientos se los había llevado el viento? ¿Lo haría? Siso descolgó el aparto y al otro lado oyó el eco agudo del teléfono, un pitido ingrávido que detestaba oír por la sensación de soledad que le producía. Estaba convencido de que sí, de que marcaría el número de Marcela y al escuchar su voz todo sería más fácil que en la imaginación. Le preguntaría si estaba ocupada. Luego le diría que si había visto la osa mayor esa noche al otro lado de la luna. Que el cielo estaba espléndido como si ya fuera junio. Dejaría un segundo de silencio. Carraspearía para disimular los nervios. Le preguntaría si estaba bien, que hacía tiempo que no la venía ni por la plaza ni por la iglesia. Y por fin, cuando ya hubiera amistado un rato y el temblor de la voz se le calmara, por fin le propondría un café largo en su casa. Marcela estaba acostumbrada a esas llamadas a largas horas de la noche. La primera vez dio un respingo y se le cortó la respiración, pensó en alguna muerte imprevista. Pero con el paso de los meses y después, de los años, pronto se acostumbró a la intermitencia de aquellas llamadas nocturnas.

Dos pititos, tres, cuatro y al quinto colgó. Quizás demasiado pronto, pensó, debió haber esperado al séptimo o incluso al octavo por si estuviera allá en el baño o en la cocina, teniendo que cruzar todo el pasillo hasta llegar al aparato. No lo supo ni lo sabría. Casi un minuto estuvo con el teléfono colgado pegado a la mano, la mirada recta hacia un horizonte que se dibujaba a través de la ventana y el cuerpo tenso como una mesa de planchar. Desde lejos no era más que una sombra borrosa, de cerca, la silueta cogía forma hasta dar con la cara de un viejo anclado a la más triste soledad.

 

***

Este texto surgió a partir de la fotografía Rostro sin nombre de Jorge Omar González, quiero decir, a partir de la mirada de este rostro sin nombre.