Quizás un día uno se levante y encuentre las cosas envueltas en un desorden en el que no las dejó antes de irse a dormir. Como la mesa con migajas, los vasos a medio vaciar, el escritorio lleno de libros abiertos, de libros cerrados y amontonados, una vela encendida en el baño, una taza de café ya sin humo, las zapatillas al otro lado de la cama, una luz del pasillo alumbrando. Puede que eso exista y puede eso convertirse en un deseo callado para muchos que al levantarse por la mañana ven una estela de vida que no es la propia, como si un humo se hubiera llevado en la punta de la cola todo el recuerdo de lo que uno fue ayer, dejando un cielo limpio para ser hoy un invento nuevo y alejado de nuestras antiguas pisadas.

Me pasó. Fue un martes oscuro cuando apenas comenzaba el otoño y de los árboles aún colgaban hojas amarillas. Yo dejé los platos fregados -habíamos cenado berenjenas al horno con ensalada de acelgas y tomates-. Lo sé porque recuerdo haber limpiado de agua el fregadero y pasado el trapo húmedo para eliminar las huellas de las gotas cuando se secan. Todo limpio, sin olores, sin rastros. Apagué la luz y arrastré el silencio de la noche conmigo hasta el baño, donde me despedí del lunes con el ritual del cepillo entre los dientes. Y subí a dormir.

Pero ese martes cuando desperté y me calcé las zapatillas y me anudé el albornoz y bajé las escaleras y encendí la luz de la cocina y miré: allí estaba el desorden, altivo y elegante como dueño de su casa. Yo no dije nada y él a mi tampoco me habló, llegó y se instaló por sorpresa deshaciendo todo lo que yo había sido ayer (¿y siempre?) Nos movimos como auténticos desconocidos, él sobre la mesa y el fregadero, yo sobre mis pisadas ya borradas. Traté de disimular el desespero y logré no parecer una vagabunda hambrienta tratando de alimentarse con la miseria de la rutina de siempre -amén-. Claro que fue inútil, una pérdida absurda de tiempo, no había más que mirar lo horizontal que era la sonrisa del desorden y encontrar ahí el triunfo del desconcierto que lo lleva a uno a lanzarse donde nunca antes se ha estado.

No limpié cacharros y me dio lo mismo que los cuchillos tuvieran restos de mantequilla en la punta. Cambié las babuchas por los mocasines, el pijama por el vestido fino de Italia y, en lugar de lavarme la cara, me pinté los morros y me peiné sin ralla en la cabeza, a lo loco, como si en lugar de pelo llevara un nudo de telarañas. Abrí la puerta. Salí. Sin mirar atrás. Y entonces, quizás un día… el desorden, que vino y me ordenó a vivir.

 

***