Te escribo desde la muerte, a ti, que ya estás de camino. No te pierdas en preguntas y por favor sigue leyendo.

Tomé está decisión sin más motivo que el amor. Te lo explico: detrás de dos cuerpos que se aman, hay dos almas que se viven, la una para la otra. Lo entiendes, ¿verdad? Entiendes que tú y que yo vivimos en la misma madriguera con la desesperación de los besos y los llantos a flor de piel. Recuerdas las noches de insomnio con los ojos postrados al cielo y la boca atragantada de palabras de amor que nunca me decías por más que mis caricias te obligaran. Nuestros cuerpos se amaban, tú lo sabes, yo lo sé, ¡el mundo entero lo sabía! ¿Por qué dejaste entonces que tu alma se fuera? ¿Para dónde? ¿Para qué? ¿Para quién, si ya éramos felices? Te apoderaste de las mentiras piadosas creyendo que el futuro no destaparía tus secretos. Te descubrí, querida, te descubrí. Y sabes, incluso de tus ruinas fui capaz de enamorarme. Seguí tus silenciosas huellas que sin esperarlo me hablaron de ti, de tus intensiones grotescas, de tu desnudez en cuerpos ajenos, las manos manchadas, el pecado marchitando tu frente. Y aun así te seguí amando, con el ímpetu y la fuerza de los que saben ser valientes.

Sin saberlo me llevaste a lo desconocido (luego me enteré que no era más que un lugar común) haciéndome creer que el amor también era eso que no me dabas. Y decidí plantarme en tu sombra. Me coloqué ahí para enseñarte que mis brazos pueden abrazarte sin venganza, pero tú, otra vez, queriendo correr hacia donde mismo corren tus ojos cuando te digo que te quiero.

Repito: tomé esta decisión por imposición del amor.

Necesitamos amarnos, vida, nos necesitamos más allá de cualquier todo y por eso he venido a la muerte y por eso tú estás de camino. No te asustes si notas algún temblor en el cuerpo o si comienzas a sudar a chorretones, son los efectos de la química invadiendo tu cuerpo. Tranquila, en un minuto, quizás menos, todo habrá pasado. A mí me encontrarán muerto en el garaje, acostado en el asiento de atrás con las comisuras de los labios manchadas del jugo de naranja. A ti, estoy seguro, te encontrarán frente a la ventana del salón donde tanto te gusta leer y desayunar, estirada en el tresillo con esta carta entre las manos y los mismos restos anaranjados en la boca. El vaso, vacío y turbio, sobre la mesa de cristal.

No te lo tomes como una derrota, tal vez ahora, en nuestras nuevas vidas sin aire, los besos vuelvan a sonar con brío y las caricias apaguen el fuego de lo mal vivido.

 

 

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