Estas letras las escribí hace ya unos años; sin embargo, están tan dentro de mí, son tan mías, tan presentes, que sin ellas sería difícil entenderme. «Quizás, esta fue la ficha detonante que me trajo hasta aquí».

Hay un tema tabú en mi vida. Un tema del que no hablo porque duele. Un tema que decidí enterrar sin un entierro digno, con sus flores y sus rezos. Un tema que murió porque yo misma lo maté.

Los temas de nuestra vida viven más o menos años según nuestra ilusión por ellos, si esa ilusión se apaga nos quedamos a oscuras, perdidos entre las tinieblas buscando un nuevo botón que presionar para que regrese la luz. Me cuesta digerir esta muerte, tallar las letras adecuadas que definan su escultura. Fallo en la trama porque no tengo muy claro dónde empieza y dónde termina la historia. Solo sé que duele, ahora un dolor momificado, antes un dolor ardiente.

Si desde los cinco años tuve claro que de mayor quería ser maestra no fue por puro capricho, fue por pura necesidad. La vida me obligó a serlo desde que asomé la cabeza por el útero de mi madre, inyectándome en las venas pasión de maestra en lugar de sangre. Con ese tipo de sangre crecí y viví. La enseñanza ha sido mi alimento desde que hago uso de razón, jugaba con muñecas y boliches, sí, pero sobretodo jugaba a las escuelitas. Yo era la maestra, la que les enseñaba a leer y a sumar, la que corregía torres invisibles de cuadernos invisibles escritos por alumnos invisibles. Me pasaba horas entrenando, días enteros y veranos enteros, sin más motivo que el placer. Llegué a la facultad, me licencié y empecé a ejercer. El recorrido fue largo hasta que acabé en una escuela de verdad, con sueldo y jornada de verdad. Ser monitora de psicomotricidad o de teatro me gustaba, pero no era lo mismo.

Desde el primer día que pisé el suelo de una escuela como maestra, mi amor por la educación creció hasta la Luna. Amé reunirme con los chicos (desde los más pequeños hasta los más grandes), amé hablar en otra lengua más fiel que el lenguaje adulto, amé sentir sus hormonas en revolución y revolucionarme con ellos, amé ser niña con la experiencia de adulta, amé verles crecer y amé, con el corazón a pleno latir, crecer con ellos y guiarles en el camino. Nada en la vida me hacía más feliz que compartir mi tiempo con los niños en la escuela, no me importaba el sueldo ni las horas extra, el mejor pago siempre fue la satisfacción personal de vivir enamorada de lo que hacía. Trabajar con niños me libera el alma porque pierdo los miedos y soy yo sin mis miedos. Ellos sacan la mejor versión de mi misma y eso, no hay dinero ni oro que lo compre.

Y llegó un día (quizás una persona, quizás un viaje, quizás un pensamiento) que me puso delante un nuevo escenario para vivir: el escenario de la conciencia. Yo siempre fui actriz de vida normal, de esas vidas prefabricadas que te enseñan a vivir desde que naces, con una tele en el salón y un libro en la mesa de noche, pero nunca antes había sido actriz de una vida consciente. El escenario era tan bonito que no podía negarme a probarlo, con su decorado azul cielo, sus florecitas de pétalos amarillos, sus algas para la ensalada y una bici para pedalear nuevos kilómetros de conciencia. ¡Me gustó mi nuevo papel! ¡Me gusta mi nuevo papel! Pero entre pedaleo y pedaleo me encontré con una escuela cruel, una sociedad demasiado exprimida y seca como para dar amor en lugar de educación.

El problema se convirtió en problema a medida que mi libertad para ejercer la educación se fue acotando, se fue llenando de miradas extrañas y de secretos mal disimulados. De juicios y etiquetados. De órdenes y sumisiones. Siempre me sentí como un bicho raro entre toda la manada de profesores, la que opinaba distinto, la que proponía hacerlo así aunque nos llevara más tiempo y no asá para acabar rápido, la que tenía la clase en rEvolución con niños de pie haciendo muchas cosas a la vez. Nunca encontré mi sitio dentro de una escuela tradicional, las escuelas públicas en las que me tocó trabajar hicieron de mi ilusión mi pesadilla.

Empecé a vivir experiencias que superaron la ficción. Tengo sentimientos (y remordimientos) pegados a los huesos que morirán conmigo, como aquella mañana en la que una maestra dejó llorar a su alumna de 3 añitos por no permitirle llevar su muñeca al recreo. Todo el recreo llorando, treinta minutos infinitos, sin consuelo ninguno, moqueando de miedo y tristeza. No era negociable (me dijo la profe), la niña tenía que aprender y aquel río de lágrimas inocentes era el precio de ese algo que estaba aprendiendo. O aquella otra profe de infantil que cuando su alumno de cuatro años le dijo que el maestro le había pisado los dedos ella le respondió con un brusco y fatídico “pues te aguantas, nadie te manda a tener las manos en el suelo”. O el día en que me obligaron a cerrar las persianas de la clase para que los padres no pudieran husmear desde la calle lo que hacían sus hijos en la escuela, así nos evitamos problemas, porque les das la mano y te cogen el brazo. O el primer día de las sustituciones donde, buenamente y para facilitarme el trabajo, los maestros me dicen delante de los niños cuál es el gamberro, cuál es el que escupe, cuál es el que hay que amenazar con que viene su padre para que haga caso o cual es el que todavía no ha aprendido a leer porque su madre es alcohólica y el niño vive con su abuela.

Mi rutina como maestra empezó a llenarse de días así, con agresiones verbales y físicas hacia los niños, donde el respeto se perdió en el camino de una falsa educación. Tecleo solo la punta del iceberg, todo lo gordo que hay debajo del agua me lo guardo para mí, (por respeto a los maestros vocacionales, y por miedo también). Porque la mala educación que viví en mis días de sustituta me enturbió la ilusión (y la vida). Me sentía cómplice del asesinato que se cometía contra la palabra EDUCACIÓN, contra los derechos de los niños por vivir una infancia feliz, contra los padres que confiaban en dejar sus niños allí, contra mi misma. Porque el peor de los males para la raza humana es trabajar a disgusto y a desgana, es enfermar de mal de amores. Y yo me estaba enfermando…

Nunca supe digerir esas fatalidades, me quedaba estática, como un vara de hierro ante un viento alisio, sin moverme, contemplando la escena y agonizando por dentro. Sintiendo cómo se desquebrajaba el mundo ante mis pies sin poder articular palabra ni gesto que me salvara (y los salvara) de la catástrofe. Simplemente me paralizaba y solo podía esperar a la hora de vuelta a casa para inundar el coche con lágrimas contraídas de la rabia y el dolor. Así acabaron siendo mis días en la escuela tradicional, grises, muertos, silenciosos.

No escribo en representación de nada ni de nadie, solo y exclusivamente de mi propia experiencia, de lo que he vivido con mis cinco sentidos. No todas las escuelas  juegan las cartas del mismo modo ni todos los maestros calzan el mismo zapato (compruébalo). Pero no hay evolución si no hay educación y educación solo hay cuando se da el amor. Por eso dejé la enseñanza, por la falta de amor.

Hoy, en este momento presente en el que estoy escribiendo, vivo alejada de las escuelas (no de la educación), miro desde afuera con los ojos bien abiertos para enfocar bien, para seguir aprendiendo; porque ser un buen maestro es mucho más difícil de lo que nunca hubiera imaginado, porque somos demasiado influyentes en el mundo que se está creando como para hacer las cosas sin conciencia, porque la responsabilidad que llevamos en las manos mueve mareas en todos los océanos del Globo, porque no basta con abrir un libro y dar la lección de hoy. La educación va más allá, persigue el objetivo de que un niño aprenda desde pequeño a vivir y a usar la vida con un buen puñado de herramientas debajo del brazo que le acerquen a sus sueños y le ayuden a levantarse en cada tropiezo. Y como la enseñanza del corazón solo funciona cuando enseñamos cosas que realmente sentimos, decido hacer paréntesis para profundizar en mi aprendizaje de vida consciente.

Necesitaba un respiro, parar y desconectar para alejarme de una realidad que a día de hoy me sigue pareciendo increíble, no creíble. No quiero tener más remordimientos por no haber tenido el coraje de parar en seco a una de esas maestras y decirles BASTA, respétalo y ámalo como si fuera tu propio hijo. Quiero perdonarme a mí misma por todas esas veces de congelamiento ante la falta de conciencia de aquellos maestros. Me digo en silencio que lo hice lo mejor que pude, me susurro para convencerme de que sigo luchando por cambiar el mundo y no me quedo con las manos quietas, me digo que estoy en el camino, otro diferente, pero el mismo camino del cambio.

No es fácil. Duele. Resulta que perdonar cuesta menos que perdonarse. Porque cuando los que fallamos somos nosotros no hay responsabilidades ajenas, somos nosotros con nuestras actitudes y nuestros pensamientos. Si bien no hice nada en aquel presente donde acontecían aquellas injusticias, hoy, en este presente de ahora trabajo comprometida conmigo misma y con el mundo. Me trabajo por dentro para ofrecer por fuera, me miro primero para después mirar al otro, me curo de la inconciencia para luego recetar esas pastillas cambiaconciencias que yo misma he tragado. Y así empezar la cadena de construir nuevos caminos.

No hay pasos de vereda única porque nos podemos reinventar, porque podemos cambiar. Sufrí mal de amores al divorciarme de la escuela tradicional, lloré por miedo y por vacío, porque paralelamente a este divorcio sentí un temblor en mis raíces que rompió esa vocación de maestra con la que había nacido y crecido, y me quedé sin una parte de mí, teniendo que aprender a vivir con es pérdida.

Hoy ya lo entiendo diferente y ese vacío está cada vez más lleno. Escribo esto como un desahogo y como mensaje para aquellos que nunca entendieron mi alejamiento de la enseñanza. Escribo como denuncia ante esa parte oculta que hay dentro de la escuela y a la que solo los maestros tenemos acceso. Escribo para informar y enterrar la ignorancia social, para revolucionar conciencias adormecidas que han sido programadas sin nuestro permiso. Escribo para que la educación no esté prohibida, nunca, ni aquí ni allá.

Queridas familias, queridos docentes, querida gente. Necesitamos encontrar el equilibrio entre nuestro pensar, nuestro sentir y nuestro hacer. La educación actual está perpetuando una sociedad de personas infelices que no saben qué hacer ni cómo hacer su vida. Busquemos la felicidad crónica en masa, esa en la que abrimos el corazón para mirar el mundo, esa que es impermeable a la injusticia y a la falta de conciencia, esa que nos une como seres humanos valientes, sin miedos impuestos ni dinero que nos compre. Esa que solo funciona con el motor del amor.

 

  La Palma, octubre de 2015