Siempre se había mantenido en el mismo lugar, la misma calle, el mismo trabajo, la exacta rutina de siempre, las mismas palabras de cada día y hasta las mismas sonrisas escasas, por eso, cuando a Fernanda Estévez un cliente desconocido le propuso que se fuera de paréntesis por la vida, ella abrió los ojos y arrugó la frente. La idea era tentadora, le intrigaba la incertidumbre de lo desconocido pero, ni aquel cliente al que jamás volvió a ver ni ninguna otra persona con la que Fernanda Estévez se cruzara en la vida, supieron darle indicaciones de cómo encontrar ese paréntesis, no se sabe si por falta de atrevimiento si por falta de conocimiento, pero absolutamente nadie le explicó a la pobre mujer que el paréntesis lo tenía en sus propios pasos.

Un jueves de marzo, mientras Fernanda salía del mercado con las manos cargadas de bolsas llenas de pimientos, papas, acelgas y algún tomate maduro, un escalofrío extrañó le trepó como una enredadera desde los pies hasta la boca del estómago. Y ahí se le quedó, atragantado a mitad del camino. Tuvo la señora que parar la marcha y soltar las bolsas en el suelo para poder suspirar y sacarse el abanico del bolso. Se aireó el rostro sudoroso y trató de tragar saliva pero, de pronto, esa acción involuntaria y cotidiana de hacer bajar por la garganta una oleada líquida y espumosa de H2O, le resultó tremendamente difícil y enredosa.

No hay testigos que vieran marchar a Fernanda dejando tras de sí y en mitad de la plaza las bolsas con sus verduras frescas. Tampoco nadie sabe en esta historia qué idea se le atravesó a la señora Estévez aquella mañana de marzo después del escalofrío. Pero un rumor común inundaba las calles del pueblo. Era una intuición generalizada la que impulsó a los vecinos de Fernanda Estévez a creer que por fin, después de tanto tiempo de búsqueda, aquella mujer prematuramente arrugada había encontrado su paréntesis, lo había abierto, se había metido dentro, lo había vuelto a cerrar y allí se había instalado hasta día de hoy, donde alguien la vio reaparecer con un brillo en los ojos y una sonrisa en la boca que, de no haber llevado la misma ropa y abanico de aquella mañana de marzo, hubiera pasado por una feliz desconocida.

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