Sigo observando mi trocito de cielo, el mismo de siempre a la misma hora. Intento acariciarlo con la mirada por ver si las estrellas responden a mis deseos. Después de la cena, cuando todas duermen, yo me quedo mirando la noche, absorta en mi de delirio y lejos de estas cuatro paredes. Quisiera otra perspectiva distinta. Giro la cabeza lo más que puedo, estiro el cuello hasta que me crujen las vértebras ya sedentarias, pero una y otra vez me doy bruces con ellos: los barrotes de esta celda me recuerdan el límite de mi frontera.

 

 

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