Mi madre era la mujer más guapa de espaldas al sol. Y eso se convierte en tragedia cuando uno quiere ser guapo a todas las horas y vive cerca del Ecuador, donde la inmensidad del astro luce hasta los días más grises del invierno. Fue su cruz. Le tocó aprender a caminar como los cangrejos para salvaguardar la discapacidad de su belleza. Pobre mujer. Ella nunca lo dijo, pero yo sé que el día en que murió su esperanza por llevar una vida normal, murió también un trozo de aquel amasijo de huesos. La pena le roía el pensamiento como ese virus tóxico que se va apoderando del cuerpo. La vi despedazarse. Vi como las piezas que definían su personalidad de coleccionista -de risas y de otras cosas- fueron derritiéndose hasta perder su forma. Una vez le pregunté por qué ya no compraba los bizcochitos de mantequilla y leche, que fueron su única droga desde chica, y me gritó que si estaba loco, si no sabía la última plegaria que Margarita la de la tienda le había tirado en todo el hocico cuando fue a comprar: «Pruebe estas galletas nuevas, Consuelo, son de nueces y chocolate. Tanto bizcochito de mantequilla le va dejar el cerebro pegajoso».

Estaba obsesionada con las otras mujeres, ni qué decir si eran morenas de ojos verdes o rubias altas de dientes blancos y perfilados, se pensaba que las palabras que le decían eran flechas envenenadas directas a su desgracia. Vale que lo mío es amor de hijo, pero la cosa no era tan grave. Sí, tenía una nariz gobernándole la cara que le hacía sombra en los ojos, unas orejas hechas para volar y dos lunares gemelos como garrapatas trepándole hacia la frente. Entiendo que para esas personas que sufren de sensibilidad en la mirada pueda suponer un rostro bastante impenetrable, pero los que eran sensibles, y amigos a la vez, la visitaban por las noches cuando el sol no hacía sombras y la penumbra suavizaba sus líneas.

Yo siempre le expliqué que esa geografía que dios le había regalado era, en realidad, un filtro sanador. Ser fea por el día te aísla de esos hombres parásitos que solo saben comunicarse con la mujer a través de piropos sucios y desgastados. Te aísla de las mujeres arpía que viven envueltas en la más pura lana de la envidia. Ser fea por el día ayuda, y mucho, a que no te elijan de entre las demás para que, frente a una cámara y un micro, opines ante el mundo acerca de la nueva rinoplastia de la reina de estado. La belleza es un fraude porque es más débil que el tiempo y ella lo aprendió entrados los treinta. Ni siquiera en las noches más oscuras logró despegarse de esa separación entre ella y los hombres que antes le guiñaban un ojo. Me contaba Reinaldo que, años atrás, mi madre se dejaba la vida en la pista de baile pronunciando cada swing bajo un charco de sudor afrodisiaco. Se ve que la música le hacía cosquillitas en los pies y la mantenía lejos de esas masas que solo sabían mirarla desde fuera. Pero ni los brochazos de polvo en la mejilla ni el flequillo recién cortado pudieron ocultar los primeros atisbos de la vejez. Lo sabía. Ella sabía que más tarde o más temprano quedaría separada de esa embriaguez que la noche le servía en bandeja de plata. Lo sabía, pero nunca lo aceptó.

Comenzó a decaer poco a poco, a encerrarse entre las paredes de la casa cerrando todas las cortinas para darle eternidad a la oscuridad de las noches. Apenas se molestaba en descolgar el teléfono, solo cuando leía el nombre de mi hermana o el mío en el aparato, hacía el esfuerzo de levantar el ánimo al tiempo que el auricular. Estuvimos meses batallando para llegar a una línea intermedia donde vivir no le resultara demasiado difícil y morir demasiado fácil. Pero ella tenía un imán especial hacia la muerte y estaba empeñada en recibirla con la poca dignidad que le quedaba. Siempre se quejó de que la vida se la jugó por las dos caras y ahora, en venganza, le devolvía el juego negándose a vivir. Todos los días de la semana de los últimos dos años, mi madre, la salerosa Consuelo, se levantaba de la cama con una ceja en pico y la otra cayéndole sobre el ojo, cogía la camiseta de seda roja, la falda negra de los entierros, el broche de oro que le regaló el abuelo y una gerbera blanca del jardín para perderse en el baño durante varias horas. Cuando abría la puerta, la figura era siempre la misma, el cuerpo impoluto de una vieja cascarrabias refugiada en sus propios escombros. La flor no era más que un símbolo de su futura corona de muerta, por eso le quedaba tan mal entre aquellos pelos engominados. Y así, con esta elegancia minuciosamente trabajada, mi madre, la mujer más guapa de espaldas al sol, recibió la muerte un dos de enero de mil novecientos noventa y ocho, curiosamente, el día más oscuro de aquel invierno.

 

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