Dibujos estériles que se rozan en la luz de una noche ambigua, sin rumbo ni continente. Decir adiós como última carta de despedida al horror de la soledad y de los miedos. El roce de bocas unificadas por un destino llamado Furia. La incapacidad de perdernos en mundos ajenos más que en el nuestro propio. Lloriqueos inaudibles para los oídos rácanos del humano como raza. La impaciencia de la inconformidad. La lucha contra el mundo y el aislamiento. Enfurecerse por la incapacidad más que venerar la capacidad de estar. De ser en un lugar único y fijo. Crecer mientras se está parado. Aceptar el estilo de vida como algo propio y dejar de huir de la rutina de los ahoras. Dividirse por un rato y disfrutar de la acrobacia de ser dos (en uno).

Si tuviera que hablarme a mi misma en esta noche de música clásica, bruta y directa a la yugular de mi fondo, me diría que me estoy alejando, que este no es mi centro, que ando descolocada por esa fatalidad de no saber estar. No el no saber estar de educación cuando se es mal educado, el no saber estar en la plenitud de su significado: aceptar el lugar en el que uno se encuentra ahora mismo, saber estar en ese lugar, saberse ser ahí donde se está. Querer arrojar y disfrazar con autoconvencimiento lo que en el fondo sabemos que nos mata poco a poco la vitalidad de la sorpresa y la emoción de sentir el filo de la vida en cada día. La repetición de las horas igual que ayer, la simbiosis de lo mío con lo suyo.

Suspiro por no encontrar el umbral que me prolongue el equilibrio de mi cuerpo al equilibrio de mi vida. Estoy partida, dos mitades distantes la una de la otra, una separación, un secuestro de la una por la otra, la cárcel que yo misma me he creado. ¿Especiales? Sí, es verdad eso de que nos creemos especiales solo por salir a viajar y recorrer mundo. Falso, especiales por ser lo que somos, aquí, allá, viajando y sin salir de casa. El humano, el querer lo que no se tiene.

El mantra del regreso, la depresión por el vacío y la inexpresividad de la libertad cuando uno frena y se para y se arma una vida cual tienda de camping en mitad del bosque, pero esta vez de bloque. Aquí el agua no cala las paredes y el viento no se cuela por los agujeros de las puertas enteladas para que no pasen los mosquitos. Aquí el viento mueve el mundo pero a ti te deja bien quietito y parado en los metros que a partir de ahora te definen como habitante cuyo buzón está escrito bajo una dirección exacta (y desconocida).

Los latidos de la verdadera versión. La música de la comodidad que te aleja del mundo. Encontrar las palabras sin encontrar las personas. Conversaciones internas que se niegan a salir por la falta de soltura en los mundos superficiales de ahí fuera. Me niego. Me vacilo. Me quedo en casa. Antes aquí que en combate.

¿Sabes qué te quiero decir?