Quiero que se imagine un árbol. Que vea la diferencia del verde de las hojas cuando el sol les da por el haz. Quiero que se imagine el roce de esas hojas verdes en la piel del cuello, donde se hacen los pliegues al mover la cabeza. Que sienta cómo un cosquilleo le eriza la piel y los pelos se le enfilan como un ejército de soldados en firme. Que se imagine ahora el roce de una hoja bajando por la espalda, rozándole los lunares más abultados que levantan ligeramente la hoja de la piel. Que cierre los ojos y note un escalofrió cuando la hoja llega al final de la espalda y comienza la curvatura de las nalgas. Que se detenga ahí. Que abra los ojos lentamente y sonría cuando, por el canal de ambas nalgas, la punta de la hoja se cuela sigilosa y lentamente. Que suspire al tiempo que vuelve a apagar la mirada. Quiero que se imagine el descender empicado, pero despacito, de la hoja llegando al centro del eje, donde el cuerpo se bifurca en dos piernas, una a cada lado. Que disfrute del placer que ejercen los movimientos cortos de la hoja verde hacia delante y hacia atrás, sin avanzar, justo en el centro del eje. Que comprima el abdomen y sujete ahí el placer, sin que se escape. Quiero, ahora, que con los ojos cerrados y el abdomen comprimido, sienta el deslizamiento de la hoja bajando en espiral alrededor de la pierna derecha. Que cuando la hoja roce el tobillo y no haya más pierna que acariciar llegue hasta los dedos y se columpie por encima de cada uno de ellos, subiendo y bajando en cada una de las cinco laderas. Que se imagine la hoja saltando hasta el otro pie. Quiero que sienta la ingravidez de la pierna que ahora comienza a advertir la sedosidad de la hoja en el empeine. Que sienta como sube formando círculos que se agrandan y se achican en cada movimiento. Que respire hondo. Que suelte el abdomen. Que sienta la hoja reptando por el interior del muslo hasta pararse, otra vez, en el eje del cuerpo. Quiero que sienta un estremecimiento anticipado, que se imagine el recorrido inverso por el que la hoja va a subir hasta llegar al punto de partida. Que se imagine la excitación que le produce sentirla caminar por su genital enredándose entre sus bellos púbicos. Quiero que se imagine una ligera corriente de aire que devuelve la hoja hacia su eje central, que se escalofríe de nuevo y que, de nuevo, vuelva a imaginar la hoja trepándole cuerpo arriba hasta rozarle el ombligo. Que sienta la necesidad de guardar el placer, para más tarde. Que comprima el abdomen y relaje los hombros. Quiero que no pierda de vista, con los ojos cerrados, la trayectoria que hace la hoja alrededor de sus pechos. Que imagine sus areolas despertando de entre la carne de sus senos y apuntando al infinito. Inmóvil, casi sin respiración, haciendo un esfuerzo por tragar saliva. Quiero que imagine la fina tela que recubre sus labios barrida por la superficie entera de la hoja y que, al llegar a la comisura de la boca, la hoja se de la vuelta y los acaricie por el envés de su cuerpo. Y al llegar a la otra comisura, la hoja se ponga en pie y roce sus labios con la punta flexible a medio doblar, estremeciéndole el cuerpo entero con un temblor similar al que antecede al terremoto, casi imperceptible pero sentido. Que imagine cómo la hoja sube hasta los párpados antes de llegar al cuello. Que con los ojos cerrados sienta supurar el sudor acumulado de todo este rato. Que no hable, que solo sienta. Que se deje llevar, que yo, lo único que quiero, es que se imagine un árbol.