Era una ventana pequeña, sin rejas, hecha de madera de pino barato con alguna mosca muerta (patas arriba) reposando sobre el marco. Los zumbidos de los aviones y la lluvia de gotas cayendo como plomo sobre el tejado desierto, se colaban por las rendijas y manchaban de ruidos la habitación entera. Pero no le importaba porque, qué puede importar un ruido flotando sobre la espuma sucia de otros ruidos. ¿Importan los bostezos en una misa de las cinco? Ella solo quería pensar en él. Y lo hacía, pero con ruido.
Se acordó de aquel domingo, desnudos y pegajosos, tirados sobre las sábanas aún de verano con el frío gris del invierno al otro lado del cristal. Pensaba en el índice de su mano acariciándole cada vértebra mientras ella se hacía la dormida boca abajo. Lo pensaba ahora y sentía la erección de sus pechos renaciendo sobre el pijama. Pero entonces llega el ruido, los alaridos de caballo desbocado de aquel amor que, por momentos, la hacían sentir como el mosquito diminuto que ronda un vaso de vinagre, así de insecta. Sin culpa. Sin motivos.

— Pero, ¿por qué? —preguntaba ella.
— Porque te quiero y punto —bramaba él.

Y así, de domingo a domingo, entre el amor y la ventana, entre el odio y el ruido. María L. se desvestía las heridas y, como la mosca muerta sobre el marco de la ventana, patas arriba, esperaba la llegada de otro amor que al preguntarle «por qué», él rompiera su pregunta con el silencio tibio de un beso en los párpados.

 

 

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