A la edad de diez eternos años, don Lucio conoció a su padre. Fue en el puerto de La Guaira, Venezuela, después de casi dos semanas de navegación en un buque que llamaban Begoña. Hoy, cincuenta y tantos años más tarde y en un lugar que no es el suyo, él, don Lucio, se sienta a mi lado para contarme una etapa de su infancia que aunque ya lejana en el tiempo, supura en sus recuerdos con imágenes nítidas impermeables al olvido.

La mañana está fresca, sol y nubes se entremezclan en un cielo propio de otoño. Nos sentamos en la mesa blanca de plástico que hay en el porche con una taza en la mano: para él, infusión de menta silvestre y anís estrellado; para mí, té kukicha del Japón. A estas horas los pájaros están activos y cantan con fuerza, sus voces, y el eco de un aire fino casi invisible, amortiguan las palabras y los suspiros de don Lucio. <<Rosa, vengan pacá a buscar a Ernesto que si no lo pierden>>. Mientras pronuncia esta frase no hay pestañeo, la mirada se le incrusta en algún lugar del infinito y continúa: <<Eso es lo que le decía el Tío Félix a tu abuela, que fuéramos pa Venezuela a buscar al viejo o lo perdíamos pa siempre. No sé cuántas cartas le mandó con ese mismo recado. Llegó hasta ofrecerle dinero pa pagar los billetes del barco y, claro, después de once años de espera, tu abuela terminó por hacerle caso y aceptó el préstamo>>.

Fue en la postguerra cuando miles de canarios emigraron a Venezuela buscando una vida menos miserable que la que se ofrecía en las islas. A lo que hoy se le llama pateras, en los años cuarenta se les llamaba barcos fantasmas. Cruzaban todo el océano a base de gofio y tempestades, acogidos al amparo de un débil hilo de buena suerte que no todos llegaron a conocer. Ernesto zarpó en una de esas pateras. Años más tarde y en un buque legal que incluía camarotes y piscina, lo hizo el resto de la familia.

<<Al muelle nos fue a buscar el Tío Félix, que tenía una camioneta, y de allí tardamos unas siete horas en llegar a Marín que es donde vivía el viejo mío, en una casa con techos de zinc y de una única habitación donde la cocina era una prolongación del salón, del baño y de los cuartos pa dormir>>. Es inevitable, esta vez soy yo quien se incrusta en sus ojos, parece que esas pupilas dibujan ante mí cada pared de la casa, la ventana que hay en la cocina, la puerta (también de zinc), las gallinas sueltas escarbando debajo de los aguacateros, mi abuela aprendiendo a amasar arepas, mi abuelo con el tractor de la empresa cargando papayas. La mirada de este Lucio de sesenta y cinco años se convierte de pronto en mi mirada y, juntos, seguimos derivando en sus recuerdos de la infancia.

Con el pulgar y el índice derecho se rasca la punta de la barbilla, no porque le pique sino porque con ese gesto parece evocar otro recuerdo más. <<Sí, habían rumores de que el viejo andaba con alguna mujer. A mí me contaron que tenía tres o cuatro hermanos más, pero yo era un crío y tampoco le daba mucha importancia a eso. Pero un día me dio por treparme al techo del canei, el almacén donde se guardaban los tractores de la empresa en la que trabajaba el viejo, y me puse a espiar. Y sí, lo vi cómo se encontró con otra mujer. No se besaron ni nada, yo creo que le estaba diciendo que ya no podían volverse a ver ahora que nosotros estábamos allí, porque esa fue la primera y la última vez que yo vi a aquella señora>>. Mi padre echa mano de su infusión de menta y anís y le da un trago. Nos agarramos, por un segundo, a un silencio sigiloso que se ha colado entre nuestros cuerpos. Ni siquiera nos cruzamos las miradas, a cada cual se le pierde en el horizonte que tiene en frente. <<Once años estuvo el viejo solo en Venezuela>>, me dice mientras se le escapa un suspiro al aire y una hoja rojiza de la enredadera cae tras sus espaldas. <<A mí me gustaba aquello allá, siempre andaba conduciendo los tractores de la empresa de Eladio, el jefe del viejo, y todos se sorprendían de que un findingo como yo pudiera dar marcha atrás a aquellos monstruos con remolque y aparcarlos en su sitio. ¡Pues no me lo pasaba poco bien, yo!>> Empuña la taza que ya ha dejado de humear, da dos sorbos y se echa las manos a la cabeza cruzando los dedos en la nuca. <<Casi todas las noches íbamos al cine en el tractor: tu tía, tu abuela, tu abuelo y yo. Estaba cerca de casa, a unos diez minutos conduciendo. Siempre llegábamos un rato antes para visitar a unos amigos tinerfeños que vivían justo al lado, ¡aquellos sí que tenían dinero!, la casa era de bloques y todo. Fue allí que conocí a Náyades -dice con una sonrisita de adolescente en la cara-, una muchacha que me quiso gustar. No recuerdo bien su rostro, pero sé que era bonita. Claro, yo era tímido y nunca me atreví a decirle nada. ¡Qué va!>>.

Náyades, este nombre se me queda retumbando como un eco adentro de mi cabeza, mi padre sigue hablando, pero dejo de escucharlo para imaginar qué distinta hubiera sido la vida para él y la no-vida para mí si su timidez no le hubiera impedido acercarse a aquella muchacha. Agarro mi kukicha y bebo a sorbitos sin despegarme la taza de los labios. Tengo la mirada anclada en esa joven.

<<Una o dos veces por semana cogíamos el micro que pasaba por allí para ir a casa del Tío Félix. Tardábamos una hora en llegar y, si el río estaba crecido, el micro nos dejaba en otra parada teniendo que caminar por un puente para poder llegar a la casa. Nos solíamos juntar con los dos hermanos de la Tía Jacinta, que se convirtieron en nuestra familia -el Tío Félix y tu abuelo Lucio no tenían parientes de sangre-. A veces me quedaba yo unos días con ellos en su casa, les cuidaba a Toño que en aquel entonces tendría uno o dos años y me hartaba a comer cosas buenas, ellos eran más pudientes que nosotros, tenían fincas de millo en propiedad>>. No le digo nada para no espantarle el recuerdo de lo que me está contando, pero me dan ganas de preguntarle por la boda del Tío Félix y la Tía Jacinta, que se casaron a distancia por medio de un poder. Siento como un suspiro me llega en este momento, y lo dejo salir. Bebo el último trago de mi té, está turbio como una charca de agua acabante de llover. Sigo escuchando. <<Al poco de nacer tu tío Pedro, cuando ya llevábamos dos años y pico viviendo allí, tu tía Ilda quiso volver a La Palma. Había un muchacho del barrio que estaba enamorada de ella, cosa que le irritaba y le hacía la vida imposible. Día tras día le decía lo mismo a tu abuela, que quería regresar a la isla. Y sí, a los tres años de estar allí nos volvimos en un buque, el Montserrat, a la casa donde vivíamos antes de ir en busca de tu abuelo>>.

 

Cientos de mujeres canarias quedaron viudas en aquella época. No fue la muerte quien les arrebató a sus maridos, fue el olvido quien les mutiló el amor (y la propia vida). Y cientos fueron los hombres que se aislaron de sus mujeres para convertirse en extranjeros allá donde la riqueza era algo más que un rumor. Fue así como Venezuela pasó a ser la octava isla de nuestro archipiélago. Somos mestizos de nacimiento, comemos guacamole, hallacas, mojo picón y gofio escaldado, juntos, en la misma mesa. Todos tenemos parientes o vecinos de Venezuela y, allá, ellos también nos tienen a nosotros, los canarios, en la puerta de enfrente o en la tiendita de la esquina. <<La Palma, La Gomera, El Hierro, Tenerife, Gran Canaria, Lanzarote, Fuerteventura y…>>, le digo a mi padre mientras él asiente con la cabeza y termina la frase: <<Venezuela>>.

 

Esta es la historia verdadera de una familia de emigrantes que representa otras muchas historias verdaderas de tantos canarios que emigraron a Venezuela y otras partes de América Latina. Es una mención a la supervivencia y a la humanidad en sí misma…