El día en que el profesor nos chantajeó con quedarnos al recital de poesía para poder cumplir con el ejercicio de la semana, no tuve la opción moral de negarme. Porque para los que estamos a medio camino entre la vida y la escritura, hay que elegir siempre la escritura, aunque eso nos cueste la vida. Así que accedí voluntariamente al chantaje y me aferré a mi abrigo polar North Face para sobrevivir a aquel martirio.

Eran las seis de la tarde de una primavera equivocada. Cada 21 de marzo desde hace exactamente dieciocho años se viene celebrando, como siempre y sin festejo, la llegada de la primavera y, con festejo y novedad, el día internacional de la poesía. Fue un tal Antonio Pastor Bustamante quien tuvo la idea de escribir una carta a los de la Unesco y sugerirles que la poesía es algo serio para la humanidad, que hay que honrarla y respetarla haciéndole un hueco en los futuros calendarios (como si ella misma no tuviera cuerpo y tono suficiente para hacerse querer por sí sola…). Desconozco si el impulso de don Antonio nació de su amor por la musicalidad de la palabras bien conjugadas o si fue su condición de editor en un momento de crisis lo que le llevó a escribir esa carta. La cuestión es que la Unesco aceptó la propuesta y, dos años más tarde, el Globo entero estaba celebrando el Día Mundial de la Poesía cada 21 de marzo.

Así que allí estábamos nosotros, tiritando de frío con los huesos entumecidos por la humedad previa que augura la lluvia, en medio de un patio interior atravesado por las corrientes heladas de aire y al desamparo de un techo cubierto por pomposas nubes negras. Con los hombros encogidos y frotando las manos para entrar en calor, aguardamos la llegada de Guiem Soldevila y de su guitarra. No venía solo, se trajo al amigo Miquel que tocaba una guitarra docerola, esas que vienen con doce cuerdas a propósito. Estaba claro que al amigo le gustan las cosas extrañas porque no solo nos sorprendió con la cantidad de cuerdas de su acústica sino que, además, dejó con los ojos regañados a más de uno cuando, en medio de la actuación, desenfundó un instrumento de percusión que tenía forma de calabaza redonda aplastada, con un cuello de botella a un lado que hacía de conducto de salida para el aire.

La presentación fue breve, apenas duró lo que se tarda en dar las buenas tardes y en agradecer nuestra presencia como público. Alguno podría pensar que esta brevedad la suscitaba el color morado de nuestros labios, pero yo sé, por la experiencia que me otorga media vida con un guitarrista, que esas presentaciones hechas a la prisa nacen del pavor que sienten los músicos cuando les toca cumplir a la intemperie del frío. Esos son los peores conciertos: los dedos se congelan y se vuelven torpes al movimiento; la concentración se tiene que repartir entre el instrumento, el cuerpo, el frío y el público (y hay que fluir sin que se note la incomodidad de esos factores); el esfuerzo de mantener la pasión en cada nota sin que la temperatura haga estropicios en la voz; evitar que la gente se levante de la silla a la segunda canción y lograr un par de aplausos al final de cada tema. Es duro. Alcanzar el éxito de ser escuchado durante una hora bajo estas condiciones y sentir que por lo menos ha valido la pena, es duro.

Las miradas subían y bajaban del cielo al escenario. Algunos afortunados teníamos capucha y pudimos burlar las finas gotas del sereno, otros no tuvieron más remedio que aguantar a pelo y, los terceros, optaron por marcharse a casa. Las sillas iban quedando vacías convirtiendo el patio en un lugar cada vez más vasto. Por momentos pareciera que la poesía ganaba terreno al frío y se calaba en algunos cuerpos, cerrándoles los ojos y moviéndoles la punta del pie al ritmo de las guitarras. Era fácil saber quienes sí y quienes no estaban poseídos. Los que movían el culo de la silla en un vaivén rápido y saltarín, pertenecían a los que estaban con ganas de un chocolate caliente y una buena manta peluda sobre las espaldas; los que movían el cuerpo entero como un velero a la deriva bajo un mar en calma, pertenecían al grupo de los apasionados que viven el momento presente como si no hubiera mañana. Algún niño ajeno a toda esta realidad, correteaba entre la gravilla que nos hacía de suelo en aquel patio, creando con sus pisaditas de bebé una percusión improvisada y ciertamente rítmica. Pero si el escenario ya se proclamaba pobre y austero, las piedrecillas sobre las que se tambaleaban las sillas plegables en busca de una postura fija sin cojear, eran aún más precario. Una señora sesentona bien perfilada, de esas que van dejando tras de sí un olor a agua de rosas añejas, tuvo el infortunio de dejarse llevar por la melodía cautivadora de los músicos sin percatarse de que, para llegar hasta las sillas del público, uno tenía que levantar los pies y burlar el bordillo de cemento que separaba el escenario del espacio para los espectadores. La caída fue seca y certera. Cayó de bruces con las dos rodillas sobre el gris de la obra y, si no llega a ser por el acto reflejo de apoyar las manos antes que la barbilla, los dientes de aquella pobre mujer habrían saltado como dados de la boca al suelo, salpicando de sangre a más de uno. Suerte que la cosa quedó saldada con las buenas palabras de los que salieron a su rescate y un par de masajes en las articulaciones afectadas que ella misma se propició. No fue la única, hubo otro despistado que también cayó en la trampa del escalón pero sin llegar a tocar el suelo. Si los músicos fueron conscientes o no de este aire caótico que se respiraba en el evento, no lo sabremos nunca porque ellos cumplieron a la perfección, con la profesionalidad que se espera en estos casos: llamaban al público a participar en los coros, dialogaban con nosotros entre canción y canción para mantener una continuidad y no dar pie a silencios que incitaran al abandono, agradecían de buena gana los aplausos y se dejaban la piel en cada acorde.

Pero algo del sistema falló: o don Antonio Pastor Bustamante y sus colegas de la Unesco no acertaron eligiendo el día para honrar a la reina poesía; o los organizadores del evento no pensaron que en estas partes de Europa los calores de la primavera llegan con retardo; o los dioses griegos del tiempo se juntaron para hacer complot en contra de Guiem Soldevila y su misericordioso público. Aunque a decir verdad, creo que el fallo en todo este asunto es ese apuro de la raza por maniobrar con los aspectos salvajes que emergen de la naturaleza, como cuando un químico mete mano para que los pimientos de rojos pasen a ser amarillos o anaranjados, una alteración al medio. La poesía está más allá de todo, rebelde y sin domesticar no entiende de la fuerza bruta del hombre, ni de festejos, ni de días en el calendario. La poesía, la poesía es un ente natural que emerge por sí sola cuando nadie la llama pero sabe que todos la esperan.

 

***