Querida Madre:

Pasados treinta y tantos años siento una añoranza tremenda ligada a tu vientre. Hay días en los que quisiera diluirme dentro de tu propio cuerpo, volver a la opacidad caliente de tus aguas termales, flotar sin ahogarme gracias a esa habilidad tan extraña de respirar sin aire. Ganas de volver a ser dos en un solo cuerpo, de notar el cosquilleo de tus caricias a través de la gruesa piel que, frente a tus muestras de cariño, se torna fina y trasluciente. Son días concretos, instantes quizás. Una añoranza instalada que persiste más allá de las murallas enladrilladas, del tiempo, de las distancias recorridas, de los kilómetros vividos. Algunos la definen como la adultez insensata de no (querer) crecer, otros, como yo, la definimos como el cordón umbilical que llevamos atados a un amor necesario para sobrevivir cuando el cuerpo ya está maduro y la mente dejó de ser ese lienzo de inmaculada pureza.

Pasados treinta y tantos años siento que crecí bajo tus alas, que vivo y viviré bajo tus alas y que, cuando la muerte aceche por alguna grieta de mi futura vejez, moriré sin remedio: entre tus alas. Porque tú, Madre, no eres señora de cuerpo y por tanto no mueres cuando muere el cuerpo. Tú eres madre de alma y las almas, que yo sepa, nunca mueren. Entonces estoy tranquila, vivo embalsamada en tu invisible presencia, el miedo me da menos miedo y las carcajadas me duplican la risa. Te lo repito: eres madre de alma y las almas, que yo sepa, nunca mueren.

Pasados, Madre, treinta y tantos años llegó un día en el que fueron mis alas las que se abrieron, las que volaron, aterrizaron, retomaron el vuelo, sufrieron turbulencias por vientos espantosos llenos de corrientes que te centrifugan la vida y te dejan colgando como un trapo roto en la primera rama de un árbol de otoño sin hojas, sin flores. Ahí posada, dejando escurrir los restos de la tempestad aparecías tú como un halo de sol de esos que inauguran la mañana, calentita y suave, dorada en cada movimiento y silenciosa en tus palabras. Me abrigabas y me rozabas como si fueras un beso. Entonces me recomponía de nuevo dentro de ti, entre tus flujos corporales recién hechos para mí bajo el éxtasis de volver a ser dos en el cuerpo de una.

Pero pasados esos treinta y tantos años, ¿sabes qué, Madre? La confusión me deshace la realidad y no siempre tengo claro quién entra en el vientre de quién: si tú en el mío, si yo en el tuyo. Porque llega un momento en que el ciclo se invierte como se invierte el reloj como se invierte el cuerpo: mientras una avanza hacia la vida, la otra retrocede hacia al nacimiento. Siento que ahora eres tú la que está a punto de volver a nacer, pero no nacer en la vida, me refiero a nacer en la muerte; no nacer hacia fuera, me refiero nacer hacia dentro. Te conviertes de pronto en mi niña y de pronto yo me convierto en tu madre, así, como una sentencia vital a la que todos nos vemos sometidos por el hecho de existir en una misma vida. No es un impulso ni una condena ni una ley civil, es mi instinto profundo el que me moldea para tu divina y madura niñez, abro de nuevo estas jóvenes alas y te arropo para que la velocidad no te tumbe, para que los latigazos de este mundo no te rocen más que como una suave corriente de aire, para que el esqueleto de tus huesos se mantenga vivo y firme, para que no se te pasen las ganas morder la vida y para que las mandíbulas no te fallen, para que agotes tu reloj sin miedo a que terminen las horas, para que tus arrugas crezcan sanas y fuertes guardando en cada pliegue el último recuerdo, para eso te abro mis alas Madre, para que tu vuelta al nacimiento sea esa senda sin piedras que fue mi cristalina niñez.

Y a medio camino de tu vida y a medio camino de la mía nos encontramos como dos rostros iguales frente al espejo. Tus ojos incrustados en mi mirada y mi mirada incrustada en tu pecho. Y tu pecho latiendo en mi vida y mi vida latiendo en tus manos. Y tus manos manchadas de años acariciando mis firmes pisadas. Y así, Madre, hasta la infinitud de pétalos de este círculo vicioso en el que yo te quiero-tú me quieres, yo te quiero-tú me quieres. Así, Madre, eternamente unidas, eternamente siempre.

 

Fdo:

La hija que te adora