Querida hija mía:

Hoy tuve la oportunidad de encontrar unos dedos con los que escribirte, siempre te escribo, pero la sustancia de las letras no queda plasmada en ningún papel, aquí, en el mundo en el que ahora vivo las sustancias son más líquidas y oxigenadas que en lo terrenal. No me resulta fácil hacerte llegar las palabras, pero sé que muchas veces tú, aunque no las veas, puedes leerlas adentro tuyo. Porque así es la magia. Está por todas partes y es capaz de colarse por las grietas de las piezas rotas y de las que están por romperse. Al final todos nos rompemos, volvemos a ser los pedazos que fuimos y nos convertimos exactamente en la misma materia del principio. Así que estate tranquila, nos condensaremos otra vez, seremos un mismo cuerpo compartiendo alma de mujer.

Te veo crecer, claro que te veo mujer, empezando por tu boca. Ese es tu centro, del ombligo por el que una vez estuvimos unidas pasamos a unirnos por la suavidad de tus labios. Todo lo que hablas es poesía porque toda tú eres poesía, y yo, tú madre, me siento poesía en cada una de las letras que emerges, que cantas, que sueñas, que bebes. Estoy ahí Sol, estoy contigo, te recorro por dentro y te veo al desnudo, me cruzo con tus miedos, tus silencios, tus remordimientos. Te reconozco incluso más ahora que cuando te veía por fuera. ¡Oh qué difícil fue ahí afuera! Las ocupaciones, las distancias, el trabajo, los horarios, el salario, el coche, el teléfono, las (in)conexiones, la lluvia ácida, el fuego descontrolado, los temblores de la tierra como aviso preventivo, las teclas, las horas de miradas perdidas dividendo mi cuerpo de mi alma, las separaciones. ¡Fue difícil, Hija! Pero sabes, una vez cruzas esta línea, todo lo difícil desaparece porque no fueron más que conjugaciones empobrecidas por el ego, ajenas a nosotras. Trampas sociales de las que fuimos y eres víctima.

Por eso ahora estoy en paz, Sol. Aquí arriba SOY ligera, floto entre mis propias aguas y me moldeo ante cualquier cuerpo y deseo. Viajo de aquí para allá, Argentina, Italia, Uruguay, España, Brasil, Grecia. No hay fronteras, ni físicas ni mentales, la mente se marchita por no tener agua contaminada que la riegue. Solo amor. Amor. Amor para recargarnos, para entender, para perdonar, para perdonarnos, para perdonarme. ¡Ojalá pudiera rescatarte y estuvieras aquí conmigo! A veces lo deseo con toda la fuerza de mi esencia, no te voy a engañar. Los abrazos que nos dimos fueron tan sentidos que siempre me quedo con ganas de más, incluso aquí, que reboso de amor. Los besos, las caricias, la voz, el eco. Te echo en falta tanto como tú a mí, pero créeme que tu sitio es ese, cariño. Ahora mismo estás donde debes estar, haciendo lo que estás haciendo y amando con esa intensidad que solo tú sabes hacerlo.

Te veo florecer, querida Hija, tu perfume llega hasta las alturas. No recuerdo si alguna vez te lo dije, pero tu nombre no fue casual. Sabíamos que serías un astro extremadamente brillante, diferente a las otras estrellas por tu cercanía al mundo. Siempre iluminada y siempre iluminando, haciendo llegar luz a las cavernas más oscuras de los seres desgraciados. Inagotable, continua, amarilla y resplandeciente. No fue casual, Sol, no lo fue. ¿Acaso no te sientes así, como el Sol del alba, del mediodía y del ocaso? Cíclica y voraz, a veces tímida entre las nubes, pero siempre presente. Tu alma anda dispersa y es por eso que aún estás donde estás. Desde aquí arriba el Mundo se ve todavía peor de lo que ahí pude verlo, esta perspectiva de pájaro cambia el formato de todo. Te necesitan más que yo, tu luz es importante para que otros puedan seguir respirando oxígeno puro. Hay flores que dependen de ti, no hace falta que las veas, es más, quizás ni sepas de su existencia, pero te jalan en cada uno de tus rayos para calentarse el alma. Sí, el Mundo, sin duda, necesita de tu calor.

Gracias Hija mía, gracias por tus versos, gracias por dejarme entrar dentro de ti, por escucharme en mi nuevo idioma (sé que no te resultó fácil descifrarlo, pero ahora lo manejas mejor que yo), gracias por tus rezos y besos volados, siempre me llegan, siempre, y siempre te los devuelvo, siempre. Toda madre está orgullosa de su hija, ¡cómo no!, pero es que yo lo estoy de más. Superé mis propios límites de amarte y no puedo evitar alabarte en cada uno de tus pasos. Incluso en los equivocados, porque habiendo errado sabes muy bien volver al camino, te pierdes solo a ratos, pero rápido te encuentras de nuevo. Hermosa, mi morena hermosa. Te estimo tanto, te quiero tanto. En las noches de Luna Llena levanta la mirada hacia arriba, estaré ahí, esperándote con los ojos. Esa será nuestra cita secreta, nuestro hilo de unión plata que nos recargue la una a la otra, nuestro momento de confesiones, la hora de sonreírnos y de llorarnos para limpiar y dejar salir.

Te quiero Sol. Perdóname el atrevimiento si los dedos escogidos no fueron los más adecuados y escribieron alguna cosa de más, pero fue los que encontré. El mercado está justito de manos dispuestas a escribir a ciegas, ya sabes… Pero lo importante de esta carta, al fin y al cabo, es el amor y en eso no hay dedos incapaces. Espero y deseo que los flujos de tu vida sigan corriendo hacia donde tú los lleves, que nunca dejes de coleccionar historias y no te canses de las borracheras de amor y de letras.

 

Abrazos y cariños, Hija,

¡cuídate mucho y no me guardes rencor, mi ausencia de fuera es mi presencia en tu adentro!

Tu Mamá.

Esta carta escrita en papel y guardada en un sobre de color gris reciclado, voló hasta Argentina con sello español. Fue a través de un juego: Cartas al vuelo. Nos escribimos cartas entre desconocidos cuyas únicas pistas las daba un perfil de Facebook. ¡Qué nunca se extinga la profesión de los carteros, ¡por dios!