Sábado 6 de Agosto, Dwingeloo, Holanda.

Querida Isla, mi querida y amada isla:

Hoy lloro por ti. Llevaba guardado un tanque de agua salada esperando no tener que utilizar porque tenía la esperanza de verte en forma de humo, sin el amarillo de las llamas, sin el calor del fuego, sin el miedo de las gentes. Pero no, tú te quemas, te sigues calcinando bajo la impotencia de mis ojos.

Lloro, lloro, lloro. No puedo dejar de llorar porque me quemo contigo. Eres una prolongación de mi cuerpo, un brazo, una pierna. Tus cicatrices son mis cicatrices. Eres isla de fuego, pero de fuego espeso, de fuego volcán. No estás hecha para ser lamida por esas llamas que juegan a tocar el cielo. Me duele tanto como a ti. Hoy no quiero salir ahí fuera. Hoy me duele el cuerpo de una forma extraña. No quiero hablar con nadie, ni ver ni oír. Hoy solo puedo revolcarme en este dolor que me mantiene muerta y arrastrada.

Tú, precisamente tú. Tú que me das calor de madre en mis días sin sentido. Tú que guardas mis raíces más profundas en las aguas de tu vientre. Tú que me acaricias desde abajo. Precisamente tú, guardiana de mi historia, amiga, profeta. Mi querida verde y calcinada Isla. Tú.

Y al otro lado Él, Scott.

Y por ti también lloro, sabes. Porque puedo sentir en mi piel el vacío de tu cuerpo. Tu vida se quedó desnuda y apenas te convertiste en un trozo de carne pegado a los huesos. Muerto, asfixiado, ahogado. Desamparado. ¿Cómo despegarte de tu error? ¿Cómo perdonarte? ¿Cómo volver a quererte? Imposible vivir contigo mismo sin que el remordimiento te mutile. ¿Por qué todo se torció de esa forma si lo único que pretendías era ser invisible ante este mundo maltratado? ¿Por qué, Scott? Porque eres forastero, responde mi cuerpo. Como lo he sido yo y como lo soy en estos momentos en que te escribo. Porque estoy muy cerca de tu país natal donde los veranos se disfrazan de inviernos y la lluvia juega a apagar los pocos rayos de sol que se dejan caer desde el cielo. Porque en las humedades de este norte, quemar un papel después de usarlo es síntoma de respeto, de agradecimiento, de conciencia. Porque al igual que tú, soy incapaz de improvisar un váter en mitad del bosque y dejar el blanco rostro que me identifique como intrusa en medio de la belleza. Y cuando uno es extranjero y se estrena en nuevas tierras, desconoce las debilidades del suelo, del aire, de las aguas e incluso de los vientos. ¿Quién te diría que los finos hilos de la pinocha son la gasolina de las llamas? Lo que aquí funciona puede que allá sea una ecuación distinta, ¡qué tan difícil mimetizarnos sin estorbar!

Y se quemó media isla, y una familia enviudó de por vida, y los pájaros se ahogaron entre las extrañas nubes que durante días fueron de algodón de carburo. El fuego arrasó con todo. El silencio de la muerte cuelga desde lo más alto, deslizándose como una pluma hasta colisionar con las fosas invisibles donde la ceniza enterró la vida.

Esta es tu condena, tu desgraciada y amarga condena a cargar por el resto de tus días. Mi querido Scott, ojalá pudiera diluirme por entre las grietas de tu conciencia y regalarte el abrazo más profundo que jamás haya podido dar a alguien. Abrazarte de amor, de perdón, de compasión, de fuerza. Exactamente con la misma intensidad con la que abrazo cada rincón apagado de mi Isla. Quisiera aislarte de tu propia soledad, volver a alinearte y decirte que te quiero conmigo en este Mundo. Que el Mundo que estoy construyendo necesita de personas como Tú. Que cierres los oídos ante las masas destructoras que critican olvidando sus propios errores. Porque ser humano de raza es ser imperfecto de naturaleza. Estamos hechos de equivocaciones y de correcciones. Así es la fórmula de nuestro aprendizaje, así sobrevivimos. Instinto. A veces tenemos suerte y la burbuja de nuestro error queda para nosotros mismos, otras veces la burbuja nos abandona y la suerte se la lleva otro, quedándonos solos y pequeñitos ante la grandiosidad de la catástrofe.

Querida Isla, Querido Scott. Ambos con el duelo de la muerte a rastras. Ambos unidos a mí por lazos diferentes. Tú, Isla, por ser el canal a través del cuál conocí la vida al aterrizar en este Mundo, mostrándome el olor del paraíso por medio de tus ramas y tus hojas. Tú, Scott, por estar hecho de la misma sustancia que lo estoy hecha yo, con nuestra apertura a la equivocación y al perdón también. Unión irrefutable la nuestra.

No dejes de comer, no dejes de beber. La Isla no se ha muerto, ahora anda silenciosa sumergida en su propio proceso de reconstrucción. Pero pronto la veremos rebrotar, otra vez con sus flores y sus pinos. Es el ciclo de la creación frente a la destrucción. Todo se crea y todo se destruye. Dicen que los humanos estamos destruidos y yo confío en el mecanismo de la reconstrucción hacia nuevas formas de relacionarnos, donde la venganza se escurra barranco abajo y el amor nos cobije como mamá pata que arropa a sus pollitos. Nos necesitamos, precisamos de la unión para el avance, del perdón, de la muerte, de la vida. Miro hacia el cielo y encuentro en cada estrella el alma de los que, raza humana o raza animal, se derritieron en la tragedia. Desde arriba emanan suspiros de tinta blanca y los oigo susurrar elogios de bondad para los que gritan de dolor y se visten con capa y espada de odio. Gracias por la protección F. tus cenizas como abono quedarán sembrando nuevas vidas.

Llueve calma, llueve luz, llueve Esperanza.

Con la muerte en la mochila,

Belqui Leal.

 

La isla no ha muerto, está en proceso de reconstrucción