¿Cuánto dura un amor?

Puerto de Tazacorte, 8 de Mayo de 1970

Querida Julia, anoche te soñé.

Te dibujaste desnuda sobre el mar y sobre mí, como flotando sin que nada de lo ocurrido te pesara en el cuerpo. Te soñé libre, ligera, amante del agua y de las cosas que fluyen. Te soñé como el amor que fuimos, como siempre te quise y como siento que jamás nos recordaremos.

Anoche te soñé y las sábanas se humedecieron. Me inundaron a caudales los ríos de tus caricias, las palabras que me decías en bajito para no romper el silencio de la noche, tu dedo serpenteando mi espalda, tu aliento respirando mi aire. Te soñé, Julia. Por un rato te soñé.

Pero hoy ya abrí los ojos de nuevo y volví a verte borrosa, no por el efecto del tiempo sobre lo que ya pasó, no. Te vi borrosa porque una capa de tu piel sigue incrustada en mis ojos y no me deja ver lo que hay detrás. Me escuece el pestañeo y las mejillas están quemadas de tanto encender la cerilla de mi llanto en ellas. No te culpo, como mismo llegaste te fuiste, un suspiro de viento que apenas abrió la ventana cerró la puerta. Quizás una corriente de aire frío, no sé. Entiendo que mis abrazos fueran demasiado herméticos y que hallaras en ellos una pared y no el colchón al que lanzarte sin miedo a la caída. De verdad que no te culpo. Sé que a veces no soy más que un cuerpo de piedra, algo así como un envase vacío que espera, con demasiadas ganas, la llegada de otro cuerpo que lo llene. Pero tú bien sabes que estoy hecho de algodón por dentro, Julia. Tú lo sabes.

Cuéntame entonces, dime por qué apuntaste a quedarte si tu brújula escondía un norte más allá de mí. Explícame tus trazos, los movimientos que utilizaste para dirigirme hacia un lugar que nunca supe y que tampoco necesité preguntarte porque tu sonrisa me valía como resguardo de garantía. En ti deposité la última gota del sudor de la esperanza sospechando que tus besos eran limpios, recién hechos para mí. ¿Por qué te valiste del abandono? Por qué me reemplazaste, por qué nunca dijiste nada, por qué no giraste la cabeza con un último guiño de lo intentamos, por qué me castigaste con el silencio de tu boca que de pronto se volvió muda. ¿Por qué, Julia, por qué?

Ya ves que las preguntas se me acumulan en una pared de hierro que arde como lava recién escupida. No me acerco ni a mi mismo por miedo a quemarme y convertirme en un charco de cenizas (¿acaso no lo soy ya?). Estoy vacío, desde que te marchaste mi vida se marchó contigo y no te pido que regreses, no te pido que me llames ni que me mantengas colgado en el hilo de tus recuerdos, solo te pido que me devuelvas lo que es mío, Julia: mi vida. Solo eso te pido, que me devuelvas la vida que te llevaste a rastras en el bolsillo de tu olvido.

Desde la incertidumbre y con amor,

Tu Velero Blanco.