El año nuevo comienza con el teléfono saturado de felicitaciones, de abrazos, de besos que huelen a alcohol y de besos que saben a tarta, de copas que chocan en brindis de porvenires, del primer baile sobre los tacones, de la uva atragantada que se negó a pasar por el tubo de las prisas y las tradiciones. Sí, parece que el año comienza bien. Pero…al otro lado: lo perros (y quien dice perro dice gato dice pájaro dice burro), los perros y la explosión del mundo en un puñado de fuegos artificiales que tiñen al cielo de luces y a la tierra de desapariciones -y muertes-. Perros que huyen despavoridos hacia ningún lugar en busca de cobijo porque sus tímpanos vibran con la misma fuerza que les late el miedo en el corazón. Y corren, corren, corren hasta que el silencio de la noche regresa y entonces miran a su alrededor pero no encuentran lo que buscan: su hogar. Están perdidos, literalmente desorientados con el pitido aún en los oídos tratando de deshacer el camino andado. Pero fueron muchos los kilómetros de pánico y ahora las calles se han llenado de extraños y las carreteras de coches. Ahora solo reina el caos. Pero son valientes y les puede el amor, así que con la nariz pegada al suelo comienzan a rastrear. Algunos, pobres míos, olfatean con tanta esperanza  que ni los ojos levantan del suelo para no perder detalles, solo el frenazo de un coche tratando de evitar la desgracia los despierta de su nueva misión, pero ya es demasiado tarde, la primera rueda los ha tumbado al suelo y la segunda les ha roto tres costillas y una pata. Algunos otros, pobres míos, ven amanecer el nuevo día entre patadas y ron con cocacola que les chorrea de arriba, sienten tirones de oreja, un jalón en la cola, un escupitajo fallido en el hocico por el tiro iba hacia el ojo. Y así hasta que la suerte divina o una casualidad (o el esfuerzo de sus agonizantes dueños poniendo carteles día y noche por todo el barrio y la ciudad) hacen que vuelvan a juntarse animal y humano en un reencuentro (in)feliz. Eso en el mejor de los casos, en el peor, ustedes lo saben.

 

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