−Cállate muchacho, ¿no ves que espantas con tus alaridos al gato de la esquina?

Pero el muchacho no callaba, se tiraba de sus propios rizos con la fuerza de un huracán, se revolvía entre las esquinas del callejón y gritaba para ahogar el llanto, porque de tanta lágrima, el rostro se le había quemado entero.

Apenas calzaba unas pantuflas harapientas con olor a sangre, una camiseta verde hierba rajada por el pecho y unos pantalones mugrientos que habían dejado de ser de algodón para convertirse en la falsa textura del cuero mojado.

−Pues si no callas, dime entonces, qué te pasa.

El niño le dio la espalda, no escuchaba más que su dolor y, en un intento de glorificar su muerte, el cuerpo le tembló al compás de unos violines ardientes. Y cayó la calma.

El viejo no hizo más preguntas y el gato de la esquina, como esperando el desenlace final, dióse media vuelta con el rabo alzado apuntando al cielo y desfiló por tierras áridas llevándose consigo el perfume inconfundible de la muerte.

 

***