Desplegó el cuaderno como si las hojas fueran de fina seda, como si estuvieran hechas de aire, como si apenas rozarlas fueran a romperse en pedazos. Suspiró. Volvió a suspirar. Luego se quedó con la mirada perdida adentro de la profundidad del papel blanco casi beige. Un miedo le trepaba despacio por las pantorrillas hasta llegarle a las manos en forma húmeda, tanto que agarrar la pluma era parecido a agarrar una babosa: se le escurría entre los dedos volviendo a caer sobre la madera vieja de la mesa. Ese sonido seco que se formaba al rebotar, una y otra vez, aumentaba su tensión. No se creía capaz. El ruido que se formaba alrededor de su silencio le asfixiaba el pulso. Se sentía de pronto diminuta, menos que la cabeza de un alfiler, menos que el punto de una i minúscula, menos que una mota de polvo flotando en el aire. Se desinflaba y se iba quedando vacía frente al impasible papel en blanco, como si él perteneciera a otro mundo ajeno al mundo en el que ella agonizaba. Pero hubo algo, una luz, un destello, un color, una respiración, algo. Un algo que hizo despertar al papel de su cómoda postura para ver, en ángulo contrapicado, el rostro estático de la joven paralizada cuyas pupilas se iban dilatando como un globo que se infla a fuerza de pulmón, a golpitos, así se engordaban las negras y aterciopeladas pupilas de la muchacha.

No le hizo falta al papel hacer acopio de sus mejores galas para atrapar la atención de la joven, le bastó un golpe de tos falseado: <<Ejum, ejum>>. Ni una mirada, ni una palabra, ni un mal gesto, ni un suspiro impacientado ni un entrecejo arrugado, le bastó al papel un golpe falso de tos para que ella respondiera. Le contestó con un parpadeo porque fue ese el único camino que encontró para salirse del terror que enfundan las miradas que se pierden en ninguna parte. Y así de sencillo, así de mágico y así de intemporal, la pluma agarró la mano de la muchacha y comenzó a escribir la historia que aquí termina.